—Si va a quedarse un tiempo, tienes que aprovechar para aprender y consultarle todo lo que puedas —dijo Adrián—. Una vez que se conozcan mejor, será más fácil reunirse con ella.
Julia asintió, llevándose un bocado a la boca.
—Eso mismo me dijo la maestra. Que la buscara cuando quisiera.
Adrián levantó su copa de vino.
—Entonces, un brindis por el éxito de Julia al conocer a su ídola.
Julia se rio de sus palabras, chocando su copa contra la de él. El cristal resonó con un tintineo alegre.
En el balcón superior del restaurante, una figura con uniforme de mesera estaba apoyada en la barandilla, observando fijamente a la pareja que reía en la mesa de abajo.
—Qué románticos se ven —murmuró con sorna.
Sacó su teléfono, les tomó una foto y le dio a enviar.
Mientras Julia y Adrián seguían charlando, el celular de él vibró sobre la mesa.
Lo desbloqueó. Era una foto de ellos en ese exacto momento.
Su sonrisa se borró de golpe. Giró la cabeza, escaneando el lugar desde donde debieron haber tomado la foto.
En el balcón, Isabella Ruvira seguía apoyada en la barandilla, saludándolo con la mano y una sonrisa traviesa.
—¿Pasa algo? —preguntó Julia al verlo buscar a alguien con la mirada.
Adrián disimuló al instante, recomponiendo su expresión relajada.
—Nada, solo un socio comercial que me vio desde lejos.
Julia echó un vistazo rápido a su celular.
—Ve tranquilo. Yo ya casi termino, luego iré a caminar por mi cuenta a las zonas de descanso.
—Termina de comer primero. Cuando acabes, te acompaño.
Julia siguió masticando.
—En serio, quiero tomar un poco de aire. Ve a encargarte de tus cosas.
Al ver que no cedería, Adrián asintió, pero no sin antes darle advertencias.
—Cuando me desocupe te mando un mensaje. Ten mucho cuidado por ahí. Cualquier cosa que pase, me llamas, ¿entendido?
Ella se rio ante su insistencia.
—Adrián, no soy una niña chiquita. Qué exagerado eres.
—Está bien.
Creyendo que se estaba acobardando, Ignacio Santana lanzó una severa advertencia:
—No me vengas con remordimientos a estas alturas. Si no cumples con esto, vete olvidando de volver a poner un pie en la familia Santana.
Sofía guardó silencio unos segundos, tomando una respiración profunda.
—Entendido.
Estaba a punto de colgar, pero su padre añadió con desprecio:
—Por fin tienes la oportunidad de estar a solas con él. Usa tus encantos y amárralo de una vez por todas. Llevas toda la vida conociéndolo, no me digas que no puedes ganarle a una esposa que ni siquiera quiere. ¿Para qué sirves, entonces?
Los dedos de Sofía se cerraron con tanta fuerza alrededor del celular que los nudillos se le pusieron blancos. Bajó la mirada, tragándose su orgullo.
—Lo entiendo, papá.
Pip, pip, pip.
La llamada terminó.
Viendo el registro de llamadas en la pantalla, Sofía apretó los labios.
—¿Con quién hablabas?
La voz que surgió de la nada a sus espaldas la hizo pegar un brinco, casi tirando el teléfono al suelo.

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