Al voltear, Sofía se encontró con German, quien la observaba con una mirada escrutadora.
—Ah... eh, era mi papá.
Tartamudeó ligeramente.
—Me preguntaba si el viaje estaba yendo bien.
Al notar cómo esquivaba su mirada, German dio medio paso hacia adelante. Su imponente presencia casi le robaba el oxígeno a la mujer.
Bajó la voz, arrastrando las palabras:
—¿Solo eso?
Acorralada contra la pared y consumida por la culpa, Sofía no se atrevía a sostenerle la mirada. Esos ojos oscuros y penetrantes parecían leerle el alma.
—Sí... también me dijo que cuidara mucho de ti.
Viendo su nerviosismo, German no presionó más.
—Por cierto, German... —parpadeó rápido, cambiando el tono a uno más dulce y cauteloso—. ¿Aún tienes cosas que hacer esta noche?
—¿Por qué la pregunta?
—Solo curiosidad. Pensaba que, si estabas libre, podríamos salir a la cubierta, tomar un poco de aire y platicar.
Él no dejó de analizar cada una de sus microexpresiones. El frotar nervioso de sus manos, su mirada evasiva.
Tras unos segundos de pesado silencio, respondió:
—No. Tengo que reunirme con un cliente más tarde. Si quieres tomar aire, busca a tus amigos.
«Reunirse con un cliente.»
Esa frase hizo que algo se encendiera en los ojos de Sofía.
Tal vez dándose cuenta de que había dejado asomar demasiada emoción, frunció los labios y fingió decepción.
—Ya veo. Bueno, entonces ve a ocuparte de lo tuyo, yo iré a caminar sola.
Al levantar la vista, pareció notar algo y un brillo astuto cruzó su mirada.
—Espera, German.
—¿Qué pasa?
Antes de que él pudiera reaccionar, Sofía se puso de puntillas, apoyó una mano en su brazo y llevó la otra hacia su cabello.
German la miró, desconcertado.
Sofía sonrió, dándose cuenta de que Julia lo había notado, y acarició las cuentas de su muñeca.
—Te juro que no esperaba que German la comprara para mí. Antes de la subasta me dijo que el jade me quedaba hermoso, pero pensé que lo decía por decir.
Julia dejó escapar una risa fría, carente de emoción.
—Pagó dos millones y medio de pesos por ella. Viéndola bien, supongo que la pulsera no está nada mal. Ay, qué tonta, olvidé decir que el que la compró es un reverendo idiota. No te ofendas.
La sonrisa de Sofía flaqueó. Dio un pequeño sorbo a su champán, fingiendo mirar el mismo faro.
—¿Sabías que German y yo nos conocemos desde que éramos niños?
Julia levantó una ceja. Definitivamente no esperaba que le saliera con la vieja historia de la amistad de la infancia.
¿Qué pretendía con eso? ¿Marcar territorio? ¿Una segunda ronda de presunción? ¿O tal vez quería conmoverla con su épica historia de amor?
—¿Y eso a mí qué?
El tono de Sofía se volvió más meloso, nostálgico.
—Mi madre y Doña Catalina crecieron juntas. German es tres años mayor que yo. Cuando mi madre estaba embarazada, él solía apuntar a su vientre y decir que iba a tener una hermanita. Desde ese entonces, Doña Catalina decía que, si yo nacía niña, nos comprometerían desde la cuna.
»Nuestras familias siempre han sido cercanas. Hemos estado juntos toda la vida, fuimos a la misma escuela... Todos decían que yo terminaría siendo su esposa.

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