Entrar Via

No Ruegues, No Sirve romance Capítulo 118

—No hagas que me des más asco del que ya me das, German.

Julia les lanzó una última mirada cargada de repulsión y dio media vuelta para marcharse.

Justo en ese momento, Santi apareció en la terraza. Vio a German con sangre en el labio y la evidente marca de una mano en la mejilla.

No se requería ser un genio para adivinar qué había pasado.

Mientras Julia pasaba como una tromba a su lado, él intentó detenerla.

—Oye, Julia... tú...

Pero ella ni lo volteó a ver. Se adentró en el pasillo envuelta en un aura gélida.

Una vez que ella desapareció de su vista, Sofía se atrevió a acercarse.

Sus dedos temblaban; apenas y se atrevía a tocarlo.

—German... tu cara.

La piel le ardía en un rojo violento; estaba claro que la bofetada llevaba todo el peso de su furia.

Él estaba petrificado. Sus ojos miraban a la nada, incapaces de procesar la brutalidad del rechazo que acababa de vivir.

—Pero, ¿qué demonios pasó aquí?

Santi arrugó el ceño, observando a su amigo.

¿Cómo era posible que lo dejara solo cinco minutos y ya estuviera sangrando?

—Ay, caray. Esa mano estuvo pesada.

Lentamente, German se enderezó y se limpió el hilo de sangre de la comisura de los labios.

No los miró. No dijo una sola palabra.

Simplemente dio media vuelta y caminó hacia el interior en absoluto silencio.

Viendo la espalda derrotada de su amigo, Santi negó con la cabeza y suspiró.

—Ya lo dicen por ahí: ni el más fuerte se salva del mal de amores.

—Oye, ¡espera, German! ¡Al menos límpiate eso!

Corrió detrás de él, dejando a Sofía completamente sola en la cubierta.

A ella le temblaban los labios, con los ojos inyectados de pura y venenosa envidia.

Nunca en su vida había visto a German tan destruido, tan vulnerable.

¿De verdad... se había enamorado de ella?

«¿Y tú quién te crees que eres, Julia Silva?»

Sus uñas se clavaron en la pulsera de jade, apretándola con tal fuerza que parecía querer hacerla polvo.

***

Mientras tanto, Julia deambulaba por los pasillos laberínticos del barco. Aún estaba tan iracunda que no prestó atención y terminó perdiéndose.

—Ay, ¿qué pasa? ¿Tienes miedo de que Ximena termine aceptando y le quite el puesto a tu preciada Julia?

¿Qué? ¿Por qué la mencionaban a ella?

¿La familia Salas, Ximena...? ¿De qué demonios hablaban?

Adrián siempre evitaba el tema de sus conexiones en Puerto Esperanza. ¿Qué secretos ocultaba? Si tenía conocidos o parientes en el barco, ¿por qué no decírselo en vez de inventarse la excusa de «ver a un inversionista»?

Julia asintió para sí misma. Todo sonaba demasiado turbio.

Adrián murmuró algo ininteligible, seguido por la risa coqueta de la mujer.

—Ya lo entendí, Adrián. Pero no tienes que ser tan frío conmigo cada vez que nos vemos. Si me tratas así, vas a romperme el corazón.

Julia arrugó el entrecejo. Esa voz... juraría que la había escuchado antes en algún lado.

Desde adentro se oyó el sonido de telas rozando y movimientos apresurados.

Ganada por el chisme, Julia dio dos pasos más cerca de la puerta.

—Disculpe, señorita, ¿necesita ayuda con algo?

La voz repentina de un miembro de la tripulación a sus espaldas la hizo saltar del susto.

La conversación dentro se cortó de tajo. Segundos después, se oyeron pasos acercándose a la puerta.

La perilla giró, amenazando con abrirse.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: No Ruegues, No Sirve