Isabella abrió la puerta del reservado, pero el pasillo estaba completamente vacío.
—No hay nadie.
Adrián, sin ánimos de seguir charlando, salió del cuarto.
—Como sea, ya te dije lo que tenía que decir. Haz lo que quieras.
Isabella quiso retenerlo, pero al ver que él ya se alejaba a pasos largos, torció la boca con disgusto.
Escondida en el hueco de las escaleras, Julia tenía el corazón latiéndole a mil por hora.
Sintiéndose culpable por andar de fisgona, había decidido ocultarse en el último microsegundo.
No salió de su escondite hasta estar segura de que ya no se escuchaba a nadie.
En ese instante, su celular vibró. Era un mensaje de Adrián.
[Ya terminé. ¿Dónde estás?]
Para alejarse del lugar de la escena lo más rápido posible, Julia empezó a caminar apresuradamente por el corredor.
Mientras tecleaba la respuesta, no se fijó por dónde iba.
Al doblar la esquina, se estrelló de lleno contra un pecho sólido. Con el impacto, su tobillo cedió en un ángulo doloroso y estuvo a punto de irse al suelo.
Por suerte, Adrián tuvo los reflejos para agarrarla por la cintura, evitando una caída desastrosa.
—Ten cuidado.
El aliento cálido de Adrián chocó contra su frente, haciéndole darse cuenta de lo pegados que estaban.
Estaba prácticamente aplastada contra su pecho.
Intentó separarse, pero el punzante dolor en su tobillo la obligó a aferrarse a él para no caer.
—¿Te torciste el tobillo?
Julia hizo una mueca de dolor y asintió a regañadientes.
—Te llevo a la habitación.
Antes de que pudiera quejarse, Adrián la levantó en brazos. El movimiento repentino hizo que Julia le pasara los brazos alrededor del cuello por instinto.
—¡Adrián!
Había más gente pasando por el corredor, y ser cargada de esa forma la avergonzó muchísimo.
Ocultó el rostro y susurró:
—Bájame, por favor. Puedo caminar.
—No importa, nadie nos está mirando.
—Estos zapatos son demasiado altos. Pediré que te traigan unos planos.
Abrió el frasco de ungüento desinflamante, frotó el líquido en sus palmas para calentarlo y, con delicadeza, envolvió su tobillo.
El primer contacto desató una chispa de dolor que hizo a Julia soltar un siseo por lo bajo.
Él levantó la vista al instante.
—¿Te duele mucho?
Ella encogió los hombros y asintió levemente.
Adrián redujo la presión, masajeando la zona con un toque casi hipnótico, su voz aterciopelada llenando el silencio.
—Aguanta un poquito, ya casi termino.
—Mm.
Sus manos eran tan gentiles, y el calor de la fricción hizo que el dolor agudo comenzara a desaparecer.
Revisó el área con cuidado para asegurarse de que solo fuera un esguince menor.
Una vez terminado el masaje, apoyó el pie de Julia sobre el sofá y llamó a recepción para pedir un par de zapatos planos.
—Tienes que aplicarte esta pomada los próximos dos días. Seguro mañana amanecerá morado, pero no es nada grave. Se te pasará pronto.

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