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No Ruegues, No Sirve romance Capítulo 120

Se sentó a su lado y tomó una pequeña manta para cubrirle las piernas.

—Gracias.

Adrián levantó la mirada y, de cerca, notó que sus labios estaban ligeramente hinchados y que el lápiz labial casi había desaparecido por completo.

Sus ojos se oscurecieron por una fracción de segundo antes de preguntar:

—Tú... te encontraste con German hace un rato, ¿verdad?

Julia, sintiéndose descubierta, se tocó los labios por inercia.

Ese pequeño gesto fue suficiente para confirmarle a Adrián que no se equivocaba.

—Sí... Sofía se acercó a hablarme y luego él también apareció.

—¿Sofía? ¿Y qué quería? ¿Te hicieron algo?

Julia negó con la cabeza, restándole importancia.

—No. Solo vino a darme un sermón para que me divorcie de él de una vez.

—Ya veo.

Adrián asintió, su voz vacía de cualquier emoción legible.

Consultó su reloj; la noche ya estaba bastante avanzada.

—¿Puedes arreglarte sola para dormir, o prefieres que llame a una recamarera para que te ayude?

—No te preocupes, ya no me duele tanto. Ve a descansar.

Viendo que ella estaba tranquila, no insistió. Le dejó unas pantuflas mullidas a los pies del sofá.

—De acuerdo. Mi habitación es la de al lado, si necesitas cualquier cosa, mándame un mensaje.

—Lo haré —asintió Julia.

Él cerró la puerta con cuidado. El pasillo estaba inmerso en un silencio sepulcral.

Caminando hacia su cuarto, pensó fríamente: «No puedo permitir que German siga merodeando a su alrededor. Ese divorcio tiene que firmarse lo antes posible.»

***

Del otro lado del barco, Santi estaba recargado en una mesa, observando con lástima al hombre que fumaba junto a la ventana.

Había pasado ya media hora desde que regresaron. German no lo había volteado a ver, ni había soltado una sola palabra.

Santi ya había intentado de todo. Bromeó, cambió de tema mil veces, pero su amigo seguía en estado vegetativo.

—A ver, hermano, tampoco es para tanto —intentó animarlo—. Fue solo una cachetada. Que tu mujer te dé una bofetada no es el fin del mundo.

Nunca la había visto así. Nunca la había escuchado escupir veneno de esa forma.

Ella siempre había sido suave, dulce, y hasta cuando se enojaba, jamás perdía los estribos.

Pero hoy...

Le dijo que le daba asco. Que era basura. Que deseaba no volver a cruzarse en su camino el resto de su vida.

Esos ojos que antes lo miraban con adoración y devoción, ahora solo albergaban un profundo y genuino desprecio.

Toda una vida sin querer saber de él.

Resultó que ella podía ser muchísimo más despiadada que él.

El dolor en su pecho era tan sofocante que apenas podía respirar, como si le estuvieran arrancando el corazón a tiras.

El fuego del cigarrillo finalmente alcanzó la piel de sus dedos. El ardor repentino lo hizo reaccionar y soltar la colilla al piso.

Se quedó mirando la brasa roja apagándose lentamente contra la alfombra. Sus ojos le ardían, quizás por el humo, quizás por otra cosa.

Lentamente, como si no creyera lo que estaba sintiendo, se llevó las yemas de los dedos a la comisura de los ojos.

Estaba húmedo.

Era una lágrima.

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