Al entrar al auto, German pisó el acelerador a fondo, dirigiéndose frenéticamente hacia el lugar de los hechos.
El terror que brillaba en sus ojos era algo que jamás había experimentado. Las manos que aferraban el volante temblaban visiblemente.
No le importaba nada más. Solo le rogaba al cielo que Julia estuviera bien.
Que ese mensaje solo hubiera sido un botón presionado por accidente.
Había querido llamar a Diana Estévez para preguntarle si Julia estaba en casa, pero recordó que el número que tenía guardado de ella ya no existía.
German tenía la mandíbula tan tensa que le dolía, y el ceño profundamente fruncido.
Sentía que el corazón le iba a estallar en el pecho.
Conducía a una velocidad demencial. Justo cuando salía a la avenida principal, entró la llamada de Cristián.
—Habla —exigió, con un hilo de esperanza en la voz.
Pero la respuesta que escuchó al otro lado de la línea hizo añicos esa esperanza.
—Hubo un choque severo en la Avenida Los Sauces. El auto involucrado es el de la señora Zamora.
La garganta de German se cerró de golpe. Apretó el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿En qué hospital?
—En el Hospital Universitario San Lucas. Ya me comuniqué con ellos y voy para allá en este instante.
»Señor, la señora Zamora es una mujer fuerte. Va a estar bien.
Al escuchar el nombre del hospital, German dio un violento giro en U.
Su mente se había bloqueado. Solo pensaba en llegar a su destino; no escuchó una sola palabra de lo que Cristián dijo después.
Guiado por los datos que su asistente le envió al celular, German cruzó la ciudad como un bólido y frenó abruptamente en la entrada de urgencias.
Al salir corriendo del auto, las piernas no le respondieron y cayó de rodillas al asfalto, desgarrándose las palmas de las manos contra las piedras sueltas.
Sin importarle el dolor, ignoró al jefe de urgencias que lo esperaba en la puerta, preguntó por la sala de operaciones y salió corriendo.
El ascensor tardaba demasiado, así que abrió de un empujón la puerta de las escaleras de emergencia y subió los cinco pisos a toda velocidad.
La luz roja de quirófano estaba encendida.
Frente a la puerta, el personal de limpieza estaba trapeando manchas de sangre fresca en el suelo.
German jadeaba con desesperación. Al ver esa sangre, su cerebro pareció desconectarse por completo.
Su corazón latía como un tambor desbocado.

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