—Entendido.
German colgó el teléfono justo cuando la enfermera presionaba un algodón sobre el sitio de punción y retiraba la aguja.
—Ya hemos terminado, señor.
German sostuvo el algodón durante unos segundos antes de bajarse la manga de la camisa.
Al salir, Cristián lo esperaba en el pasillo, sosteniendo su saco.
—Señor Zamora, ¿no le gustaría comer algo? No ha probado bocado en todo el día y acaba de donar mucha sangre. Me preocupa que pueda desmayarse.
—No es necesario.
Mientras Julia siguiera en la sala de operaciones, no tenía estómago para ingerir absolutamente nada.
Su teléfono volvió a vibrar. Era don Eduardo.
Frunció el ceño, rechazó la llamada y puso el teléfono en modo silencio.
Simplemente no tenía la energía para lidiar con los reclamos de su padre en ese momento.
—¿Qué sabemos de la investigación? —preguntó, con voz ronca.
La expresión de Cristián se tornó sombría.
—Nuestra gente localizó el vehículo en una zona periférica de la ciudad. Ya lo remolcaron para que los forenses hagan su trabajo.
Hizo una pausa y bajó la mirada antes de continuar.
—Sin embargo, la persona responsable abandonó el auto y huyó. Seguimos buscándola, pero... las cámaras de tránsito confirmaron que la persona al volante era una mujer.
»Llevaba un cubrebocas, así que no pudimos ver sus facciones ni identificarla de inmediato. Nos tomará algo más de tiempo tener un nombre.
»Pero la buena noticia es que la policía encontró manchas de sangre en el asiento del conductor. Lo más probable es que la responsable también esté malherida.
Los ojos de German se oscurecieron de forma amenazadora.
Una mujer...
Solo un nombre cruzó por su mente en ese instante.
—Quiero saber qué hizo Sofía Santana durante todo el día de hoy. A dónde fue y con quién se reunió.
Cristián se quedó helado por un segundo, pero asintió de inmediato.
Cuando estaba a punto de retirarse, su propio celular comenzó a sonar. Era don Eduardo.
—Señor Zamora... es su padre.
German le lanzó una mirada glacial y no pronunció palabra.
Cristián entendió el mensaje y dejó que el teléfono siguiera sonando hasta que se cortó la llamada.
German se inclinó hacia adelante y presionó la mano fría de Julia contra su propia mejilla, intentando darle calor.
—Julia, perdóname... Te lo suplico, perdóname.
Sus ojos brillaban con un arrepentimiento desgarrador.
—Mientras estés a salvo, haré lo que me pidas. Lo que sea.
»Te juro que descubriré toda la verdad sobre la familia Santana y sobre este accidente. Solo te pido que te recuperes.
»¿Me escuchas, Julia? Tienes que ponerte bien.
Afuera, el viento aullaba golpeando los cristales, mientras la luz amarillenta de la lámpara bañaba la habitación.
La mujer en la cama no dio ninguna señal de respuesta; permanecía inmersa en un sueño profundo y silencioso.
German veló su sueño durante toda la noche, sin atreverse a cerrar los ojos ni un solo segundo.
De vez en cuando, las enfermeras del turno nocturno entraban para cambiarle el suero o revisar sus signos vitales.
No fue sino hasta que las primeras luces del alba se colaron por la ventana que Cristián tocó suavemente a la puerta.
German arropó la mano de Julia bajo las sábanas, se levantó con pesadez y salió al pasillo.
—Señor Zamora —murmuró Cristián—. Encontramos a la responsable.

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