—Y lo peor de todo es que intentó escapar —continuó Diana—. La policía la atrapó escondida en una zona a las afueras. Ahora mismo está encerrada en los separos y ya inició su proceso penal.
Las pestañas de Julia se agitaron suavemente.
—Ya veo.
—Si me lo preguntas, esa loca merece podrirse en la cárcel. Fue intento de asesinato, no hay otra forma de llamarlo.
Diana intentaba controlar su furia para no alterar a Julia, reprimiendo las ganas de gritar.
Pero su indignación se desvaneció al instante.
Miró a su amiga postrada en la cama y sus hombros cayeron con pesadumbre.
—Ojalá no me hubiera ido tan temprano ese día. ¿Por qué demonios siempre que te pasa algo malo no estoy contigo?
Se culpó, con la voz quebrada.
Al ver que Diana estaba a punto de llorar otra vez, Julia fingió molestia.
—¿Y de qué hubiera servido que estuvieras ahí? ¿Para que nos chocara a las dos y termináramos juntas en terapia intensiva?
Diana bajó la mirada, murmurando:
—Al menos seríamos dos contra una, tendríamos más posibilidades...
Julia soltó un leve suspiro y le apretó suavemente los dedos.
—Esto no es tu culpa. Si no hubiera pasado anoche, habría pasado en cualquier otro momento o lugar.
—Deja de echarte la culpa de todo, por favor.
No era la primera vez que Julia le decía eso. Desde que eran estudiantes, Diana siempre tenía la costumbre de cargar con los problemas de los demás y desgastarse.
Julia siempre pensó que era porque sus padres la enviaron a estudiar lejos mientras criaban a su hermano menor en casa, desarrollándole ese complejo de complacencia extremo.
Para cambiar de tema, Julia preguntó:
—Oye, ya que desperté, ¿la policía no debería venir a tomarme declaración?
Lo normal era que, al recuperar la consciencia, las autoridades buscaran su versión de los hechos.
—Ah, sobre eso... German Zamora ya investigó a esa basura de pies a cabeza. La policía también revisó todas las cámaras de seguridad de los días previos al accidente, y con la confesión de Gisela Rojas, prácticamente no necesitan que agregues nada.
—¿German?
***
Apenas German Zamora salió de la comisaría, Adrián Silva cruzó las puertas del lugar.
Ambos venían exactamente por el mismo asunto.
El subcomisario no dejaba de secarse el sudor de la frente. Acababa de despedir a un magnate y ahora llegaba otro.
«¡Qué mujer tan problemática!», pensó. De haber sabido, la habrían trasladado a la jefatura central.
El subcomisario había trabajado en Puerto Esperanza antes, por lo que conocía perfectamente el inmenso poder de la Familia Ruvira y de Adrián Silva.
—¿Alguien vino antes que yo? —preguntó Adrián, con expresión seria, yendo directo al grano.
—Sí, el señor Zamora estuvo aquí hace un momento por el mismo caso.
—¿Y qué pasó?
El subcomisario dejó una taza de té sobre la mesa y cerró la puerta de su oficina.
—El señor Zamora exigió ver a la acusada. Es increíble, antes de que él llegara, la mujer no había abierto la boca. Pero él entró y, en menos de veinte minutos, ella confesó todo sin guardarse nada.

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