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No Ruegues, No Sirve romance Capítulo 135

Adrián se acomodó los lentes y preguntó con voz calmada:

—¿Podría ver el registro de ese interrogatorio?

El subcomisario dudó un segundo. Ambos hombres buscaban lo mismo, y el peso de la familia de Adrián era innegable.

Tras sopesarlo, respondió:

—Por supuesto. Permítame un momento, iré a buscarlo.

El video comenzó a reproducirse en el monitor de la computadora. A través de los auriculares se escuchaba la voz temblorosa de Gisela.

Adrián escuchaba con los ojos cerrados, pero debajo de la mesa, sus manos se habían cerrado en puños.

De repente, el audio dio un ligero salto. Adrián abrió los ojos, su mirada destilaba un filo peligroso.

Ladeó la cabeza y esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Subcomisario, esta grabación... está editada, ¿verdad?

El rostro del subcomisario palideció levemente, pero forzó una sonrisa nerviosa.

—El señor Silva es muy bromista. Es un registro oficial de interrogatorio, ¿cómo cree que alguien se atrevería a alterarlo?

El policía lo miró, sintiendo que esa sonrisa serena de Adrián le helaba la sangre.

—No me mire así, le juro que digo la verdad.

—Subcomisario...

La voz de Adrián no era fuerte, pero ejercía una presión abrumadora.

—¿De verdad quiere que eleve este asunto a las altas esferas de la seguridad nacional?

El subcomisario empezó a frotarse las manos, al borde del pánico.

—Señor Silva, por favor, no me ponga en esta situación. Yo realmente no sé nada.

Adrián acarició el anillo en su dedo y se puso de pie lentamente.

—De acuerdo. Si eso es lo que afirma, no le quitaré más su valioso tiempo.

Al ver que Adrián se disponía a marcharse, el subcomisario lo detuvo apresuradamente.

German Zamora por un lado y Adrián Silva por el otro.

¿A cuál de los dos podía darse el lujo de ofender?

Cualquiera de ellos podía arruinarle la carrera con solo levantar un dedo.

Apretando los dientes, admitió:

—Sí... se extrajo un fragmento del audio. Si realmente quiere verlo, se lo mostraré.

Por el bien de su futuro, ya no le importaba romper las reglas.

En cuestión de minutos, trajo otra tarjeta de memoria, la insertó en la computadora y le dio reproducir.

Tal como sospechaba, en esa parte sin editar apareció un tercer nombre.

Adrián miró a la mujer en la pantalla.

¿Seis años?

Alguien que hirió a su Julia merecía mucho más que eso.

Pausó el video en la pantalla.

Se arregló el saco con elegancia y sonrió levemente.

—Se lo agradezco mucho.

Adrián caminó hasta las rejas de la celda de detención y lanzó una mirada gélida a la mujer encogida en el rincón. Luego, se dispuso a salir.

—Tengo entendido que, desde que ascendieron al antiguo director, la silla principal de esta comisaría lleva un tiempo vacía.

El subcomisario levantó la cabeza de golpe, con los ojos brillando de esperanza.

—El señor Silva está muy bien informado.

Adrián le palmeó amistosamente el hombro, con un tono suave y educado:

—No quiero que nadie se entere de mi visita de hoy.

El policía entendió el mensaje al instante y asintió frenéticamente.

—Comprendo perfectamente. Le doy mi palabra de que nadie lo sabrá.

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