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No Ruegues, No Sirve romance Capítulo 6

El familiar aroma a cedro inundó a Julia cuando él la envolvió en un abrazo suave, susurrándole al oído:

—Julia, ya estoy aquí.

Su mente se quedó en blanco, arrastrada a aquel verano cuando ella tenía diez años y, junto a su padre, lo «recogieron» a las afueras del pueblo.

Vivió con ellos desde los diez hasta los veinte años, apareciendo de la nada y desapareciendo de la misma forma.

Tras un accidente de auto se esfumó sin dejar rastro, y ahora reaparecía convertido en el presidente del Grupo Ruvira.

Al mirar a ese hombre que tanto había extrañado, notó la ternura en sus ojos. Él acarició levemente el dedo anular de ella, y con un tono difícil de descifrar, le dijo:

—No volveré a irme.

Julia sostuvo su mirada. Lo sentía tan familiar y, a la vez, tan distinto. Había perdido la inocencia; sus facciones se habían vuelto afiladas e imponentes, y detrás de sus gafas de armazón dorado, sus ojos oscuros ocultaban un misterio que ella ya no podía leer.

¿Quién diría que este hombre, ahora tan elegante e inalcanzable, alguna vez peleó con perros callejeros por un pedazo de comida en la basura?

Él se inclinó ligeramente y la abrazó de nuevo.

Esa repentina confianza hizo sentir a Julia algo incómoda. Quizá porque llevaban años sin verse, o tal vez por la nueva posición de poder que él ostentaba.

Lo apartó con suavidad, forzando una sonrisa.

—Qué bueno escuchar eso.

Ese rechazo sutil lo desconcertó un segundo, pero rápidamente recuperó la compostura. La tomó de la mano, la guio hacia la mesa y le apartó la silla con caballerosidad.

Ella no se anduvo con rodeos y se sentó con gracia.

—Escuché que te vas a divorciar.

Julia se tensó. Sin responderle, sacó de su bolso el plan de negocios.

—Hablemos de Aura Sempiterna —dijo, mirándolo directamente—. Ruvira no compró Tejidos del Sur solo para expandirse en el mercado nacional, ¿verdad?

Al ver cómo evadía el tema personal, Adrián solo sonrió.

Se recargó en su asiento, tomó el documento que Julia le ofrecía y lo hojeó.

—Conozco Aura Sempiterna. Fue la marca que mi papá levantó con sus propias manos. Puede que haya estado inactiva unos años, pero las bases siguen intactas y las clientas le tienen cariño. Lo que Ruvira quiere es devolverle la vida.

«Papá...».

Al recordar a su padre, una punzada de dolor le atravesó el pecho.

Se aflojó la corbata, pero esa irritación en el pecho simplemente no desaparecía. Era una sensación tan extraña; ni siquiera cuando se peleó a muerte con su abuelo se sintió así.

Al ver su propio ceño fruncido reflejado en la pantalla negra, pensó que, por muy enojada que estuviera en el pasado, nunca pasaba de dos días sin escribirle.

Al notar la ansiedad de su jefe, Cristián lo pensó dos veces antes de explicarle:

—Creo que la señora ha estado muy ocupada con lo de Aura Sempiterna, señor.

¿Aura Sempiterna?

¿Ese tallercito sin futuro del padre de ella?

Recordó vagamente que ella le había preguntado si había alguna forma de relanzar la marca. En su momento le dio una respuesta, pero ni siquiera recordaba qué le dijo.

Frotó el borde de la copa, soltando una risa burlona.

¿Qué se creía?

Si ella se lo pedía, él podía comprarle diez talleres como ese.

—Vaya que le gusta perder el tiempo —murmuró German con frialdad.

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