La cena terminó mucho antes de lo esperado.
Julia se levantó para tomar su bolso, pero el hombre a su lado fue más rápido.
—Te acompaño.
No fue una pregunta, sino una orden.
Ese era el estilo de Adrián.
Ella no se negó, porque sabía que el resultado sería el mismo, tal como había sido desde que eran niños.
Si German era un dictador, Adrián no se quedaba atrás.
A veces hasta le daba curiosidad imaginar qué pasaría si esos dos se enfrentaran cara a cara.
Y el destino le demostró que, en esa ciudad, el mundo era un pañuelo.
Al salir del salón privado, el aire acondicionado del pasillo parecía estar más frío que adentro. Julia se frotó los brazos por instinto.
Al doblar la esquina, una figura la hizo detenerse en seco.
A unos quince metros, un hombre conocido estaba hablando por teléfono frente a una puerta. Llevaba traje gris y tenía una postura firme.
Era el asistente de German.
Cristián Casas.
Si él estaba allí, German también estaba.
El cerebro de Julia dejó de funcionar por un segundo.
No quería que la viera. No quería darle explicaciones. Mucho menos quería escuchar a German decir: «¿Quién es este tipo?».
Durante esos tres años de matrimonio, se había cansado de justificarse, sintiendo siempre la necesidad de demostrar que no estaba haciendo nada malo.
Ya no quería explicar nada y, francamente, no quería tener el menor contacto con él.
Julia dio medio paso atrás, y su hombro chocó contra el pecho de Adrián.
—Vámonos por allá —susurró ella—. De ese lado también hay elevadores.
Antes de concretar el divorcio, no quería generar conflictos innecesarios.
Adrián giró la cabeza hacia el final del pasillo, y al ver de qué se trataba, entendió de inmediato su reacción. Sin dudarlo, la tomó de la muñeca con firmeza, pero sin lastimarla.
—Julia —su voz sonó grave, con un tono indescifrable—. ¿De qué te escondes?
Él la ignoró por completo, ni siquiera disminuyó la velocidad, obligándola a seguirlo.
Al terminar su llamada, Cristián levantó la mirada y palideció.
—¿Señora? —balbuceó, sin poder creer lo que veía, y de reojo miró hacia la puerta detrás de él.
Julia intentó liberarse una vez más, pero el hombre a su lado parecía de piedra. Lo miró a los ojos y vio que él estaba disfrutando la situación.
«Lo está haciendo a propósito», pensó Julia, apretando los dientes.
Al segundo siguiente, la puerta del salón se abrió.
German salió con el celular en la mano, como si estuviera respondiendo un mensaje.
Primero miró a Cristián y, siguiendo su mirada de pánico, vio a Julia.
Luego, vio a Adrián Silva.
Y finalmente, su mirada se clavó en la mano de ese hombre, que sostenía con fuerza la muñeca de su esposa.
El aire se congeló en ese preciso instante.
Los ojos de German se entrecerraron. Guardó su teléfono en el bolsillo y fijó una mirada llena de cuestionamientos en la mujer frente a él.

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