Al ver esto, Sofía corrió a sobarle la espalda para calmarla. Rápidamente, le sirvió un vaso de agua y se lo acercó a los labios, mientras regañaba a German:
—Ya basta, German. No digas nada más, no vayas a provocarle un infarto a tu tía.
El mayordomo que observaba la escena también intervino con tono conciliador:
—Joven, por favor, ya no siga. Discúlpese con su tía, ande.
German, al ver el saludable color en las mejillas de Beatriz, supo que no le pasaba absolutamente nada. La gran señora de la familia Zamora, conocida por su fuerte carácter, jamás iba a desmayarse por un par de palabras cruzadas.
Ya había visto ese mismo teatrito miles de veces entre ella y su prima.
German se puso de pie, con un semblante oscuro.
—Tengo trabajo que atender, así que me retiro. No quiero arruinarle el apetito.
Dicho esto, le hizo una seña a Cristián Casas, que aguardaba en la entrada, y se marchó.
—¡Malagradecido! ¡Eres un malagradecido! —gritó Beatriz, golpeando el sofá enfurecida.
Don Eduardo había escuchado toda la discusión desde su estudio en el segundo piso. Cuando salió, German ya había desaparecido.
—¡Hermano, mira a tu maravilloso hijo! ¡Esa mujerzuela le tiene el cerebro completamente lavado!
Don Eduardo, con los párpados pesados y el rostro impasible, respondió en un tono sereno pero firme:
—Sigue siendo parte de la familia Zamora. A partir de ahora, cuida un poco más cómo hablas de ella.
—¡Pero ustedes...!
Sofía continuó sobándole la espalda a Beatriz, mientras contenía la respiración. Un malestar indescriptible nubló su mirada.
¿Cómo no iba a darse cuenta de que tanto German como su padre estaban defendiendo a Julia con sus palabras?
¿Eso significaba que ahora ni siquiera Don Eduardo la apoyaba?
***
German Zamora no regresó a su casa; casi de forma instintiva, terminó conduciendo hasta Bahía Serena.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No Ruegues, No Sirve