El vuelo de Diana Estévez aterrizaba a las dos y media de la tarde, por lo que Julia salió de casa una hora y media antes.
Con los auriculares inalámbricos puestos y una mano en el volante, iba en plena llamada con una clienta, ajustando los detalles de su encargo a la medida.
En realidad, no tenía la obligación de atender a los clientes directamente, pero Lucía le había dicho que esa mujer en específico la había solicitado a ella. Al parecer, la admiraba por todo lo ocurrido recientemente en las redes sociales, sintiéndose inspirada por la valentía con la que lo había arriesgado todo. Así que, como toda una fan, había viajado desde Puerto Esperanza exclusivamente para buscarla.
«Arriesgarlo todo…»
Cuando escuchó ese comentario de su fan, a Julia no le paró de palpitar la frente por la incomodidad, y sintió tantas ganas de huir que podría haber trepado por las paredes de pura vergüenza. Pero, con tal de no desilusionar a alguien que había viajado desde tan lejos, terminó aceptando el pedido.
A través de la llamada, le llegaban las palabras entremezcladas con inglés de aquella mujer, quien le comentaba que casualmente en unos días viajaría hacia allí para encontrarse con alguien, y que le gustaría invitar a Julia a almorzar para conversar en persona.
Ante tanta insistencia, no le quedó otra que apretar los dientes y aceptar.
La mujer le envió una solicitud de amistad por mensaje. Julia miró la pantalla y la aceptó.
Le envió un saludo cordial y luego bloqueó la pantalla.
El tráfico finalmente se despejó y cuando Julia llegó al aeropuerto, Diana acababa de desembarcar de su vuelo.
Tras esperar unos diez minutos en la sala de llegadas, divisó aquella figura alta y estilizada.
Diana llevaba un mono negro con cuello halter, tacones altos y un elegante corte bob con el cabello hacia un lado, todo arreglado con mucho estilo detrás de las orejas. Sus facciones definidas y agudas, junto con los anteojos de sol descansando en su cabeza, irradiaban un aura de no te me acerques que imponía distancia.
Pero esa expresión de fastidio desapareció al instante en cuanto vio a Julia esperando detrás de la baranda.
—¡Mi amor! ¡Preciosa!
Mientras arrastraba la maleta y corría hacia Julia con pasitos rápidos, la voz excesivamente dulce que usó le puso los pelos de punta a Julia.
Antes de que Julia pudiera siquiera tomar su maleta, se vio aplastada por un fuerte abrazo.
—¡Te extrañé muchísimo, Jul!
Hacía un segundo lucía como toda una jefa intocable, y ahora tenía los ojos llenos de lágrimas. Su reacción casi logró sacarle una lágrima a Julia también.
—Ya, ya, tranquila, todo está bien.
Esa mujer de un metro setenta y tres estaba llorando abrazada a ella como si fuera una niña de jardín de niños.

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