Los rumores eran muchos, pero en el fondo, nadie lograba comprender las verdaderas intenciones del poderoso patriarca Ruvira.
Como bien acababa de señalar Isabella, en público se decía que era para forjar su carácter... pero, ¿era esa la verdadera razón?
Adrián guardó silencio. Su oscura mirada se apartó del paisaje al otro lado de la ventana y se posó en el rostro de la mujer, con una media sonrisa en los labios:
—¿Qué pasa? ¿A ti también te interesa llevarte una tajada de la herencia de los Ruvira?
La mujer frente a él era precisamente una de esas niñas adoptadas, la que el viejo patriarca había rescatado hace años de un casino.
Isabella dio un paso al frente, levantó el rostro y le dijo en un tono que rozaba el descaro:
—La herencia no me importa tanto, me interesas mucho más tú, Adrián.
Un intenso aroma a rosas invadió el sentido de Adrián. Extendió la mano, rozó aquellos labios rojos con la yema de sus dedos y soltó una carcajada irónica.
—¿Y crees que estás a mi altura?
Lejos de ofenderse por el desprecio en sus palabras, Isabella pareció encontrarlo excitante, y casi como una provocación le preguntó:
—Si yo no estoy a tu altura, ¿entonces quién lo está? ¿Esa tal Julia?
Julia.
Al oír ese nombre, el corazón de Adrián dio un ligero brinco y los dedos que tenía en los bolsillos se contrajeron de forma casi imperceptible, pero su rostro permaneció tan frío como el hielo.
—Vaya, sí que estás bien informada.
Los ojos de Isabella se iluminaron con una sonrisa. Alargó la mano para tomarlo del brazo y ladeó la cabeza:
—Todo es porque me importas demasiado. Solo quiero estar al tanto de todo lo que tenga que ver contigo.
Adrián respondió secamente:
—Más te vale.
En ese instante, la puerta de la habitación se abrió, y de ella salió el médico personal, un hombre extranjero, de cabeza semicalva y barba descuidada.
Inmediatamente, la multitud se aglomeró a su alrededor, llenándolo de preguntas sobre el estado del paciente.
El doctor se abrió paso entre la gente y se dirigió directamente hacia Adrián, diciéndole en ruso:
—El estado del señor Ruvira se ha estabilizado. Mientras no reciba ninguna otra alteración emocional grave, todo saldrá bien.
¿Se había estabilizado?
Don Augusto Ruvira estaba postrado en la cama, con una máscara de oxígeno cubriendo su arrugado rostro. Una ligera sábana de seda lo tapaba, y el único sonido que rompía el silencio era el constante pitido del monitor cardíaco.
Tenía las sienes grises y el rostro cubierto de surcos, pero su mirada continuaba siendo tan afilada y penetrante como el filo de una cuchilla.
Adrián lo observó desde arriba, con un aire de superioridad, mientras sus dedos acariciaban ligeramente el tubo transparente del goteo intravenoso.
—Adrián.
Su voz sonó ahogada a través de la máscara de oxígeno.
Adrián.
Hacía muchísimo tiempo que no lo escuchaba llamarlo así.
¿Cuándo había sido la última vez? Adrián trató de hacer memoria.
Ah, sí. Había sido justo después de que lo arrastraran de vuelta a Puerto Esperanza. La escena había sido exactamente la misma: uno postrado, el otro de pie; uno vulnerable, el otro con el control.
Con la única diferencia de que, en aquella ocasión, el que llevaba la máscara de oxígeno y estaba inmóvil en la cama, era él.
En ese entonces, Don Augusto también lo había mirado con esa misma expresión desde lo alto y lo había llamado «Adrián».

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