—Disculpen, ¿son las familiares del señor Silva, de la zona A, tumba 31?
Julia se detuvo y asintió.
—Sí, soy su hija.
El guardia le hizo señas con la mano.
—Esperen un momento. Alguien de la familia debió venir a visitarlo hace un par de días y se le cayó algo frente a la lápida. Un trabajador de limpieza lo encontró. Qué bueno que pasaron por aquí.
Julia pensó que probablemente pertenecía a la misma persona que había dejado las flores.
El guardia le entregó una bolsita de tela a Julia con una sonrisa amable.
—Lo estuve mirando un buen rato y la verdad no entiendo qué es, pero se nota que es muy valioso.
Julia abrió la bolsita y, al vaciarla, un objeto metálico del tamaño de una uña cayó en su palma.
Diana se acercó llena de curiosidad, levantando una ceja.
—¿Un gemelo para la camisa?
Ella reconocía esos gemelos hechos a la medida.
Eran los de German Zamora.
¿Entonces la persona que había venido a visitar la tumba era German? ¿Esas ofrendas frente a la lápida las había dejado él?
Julia volvió a guardar el objeto en la bolsita y le agradeció en voz baja al guardia.
El guardia sonrió.
—De nada. La verdad me quito un peso de encima, tenía miedo de que se perdiera si se quedaba aquí.
***
Puerto Esperanza, Mansión Celestial.
Un cielo encapotado cubría toda la residencia. La mansión de estilo europeo, ubicada a mitad de la montaña, se ocultaba entre la neblina. En el enorme jardín, los árboles y arbustos se retorcían bajo la fuerza del viento.
—Te lo creería si lo dijera cualquier otro, pero de ti, Adrián, no me lo creo.
Se quedó mirando directamente a sus ojos y sonrió.
—No vas a decirme que ya olvidaste cómo el viejo dejó que todos esos hijos adoptivos te torturaran durante años, ¿o sí?
—Teniendo un hijo de sangre, eligió criar a un montón de perros rabiosos con la excusa de que quería endurecer tu carácter... pero, ¿realmente fue así?
Su clara intención de sembrar discordia no dejaba lugar a dudas; parecía no importarle en lo absoluto que él se diera cuenta de lo que estaba tramando.
La Familia Ruvira tenía siglos arraigada en Puerto Esperanza, con unas bases inquebrantables tanto en la política como en los negocios. En términos de contactos y poder, eran considerados, sin duda alguna, la familia más influyente del puerto.
El patriarca de la familia, Don Augusto Ruvira, había estado al mando por años, controlando la mitad de la riqueza de Puerto Esperanza. Cualquiera que se cruzara con él, le mostraba el más absoluto respeto y sumisión.
Un magnate de ese nivel normalmente habría tenido innumerables amantes e hijos repartidos por doquier, pero desde que su legítima esposa falleció dando a luz, él nunca volvió a casarse. Aunque siempre estaba rodeado de mujeres, jamás le permitió a ninguna quedar embarazada, y en su lugar, se dedicó a adoptar a una enorme cantidad de huérfanos.
La gente pensaba que seguía perdidamente enamorado de su esposa y que quería dejarle todo el imperio Ruvira a su único hijo, Adrián Ruvira. Pero su manera de tratar a su propia sangre era peor que la que le daba a los huérfanos adoptados. Dejaba que lo humillaran, pisotearan y ofendieran a su antojo.
Más adelante surgió el rumor de que Don Augusto culpaba a su hijo por la muerte de su esposa, y por eso había traído a todos esos hijos adoptivos, para que le hicieran la vida imposible.

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