—Cásate y ten un hijo, y las acciones que tengo serán tuyas. Para entonces, serás el sucesor absoluto de la familia Ruvira.
El sucesor absoluto de la familia Ruvira.
Tener el control de la familia Ruvira equivalía a poseer la mitad de Puerto Esperanza.
Con solo casarse con una mujer y tener un hijo, todo eso... los contactos, los recursos y el poder absoluto... serían suyos.
Eran unas condiciones realmente tentadoras. Nadie en su sano juicio se negaría.
Mientras que las personas de afuera se rompían la cabeza tratando de demostrar sus habilidades y astucia, aquí a él solo se le exigía casarse y procrear.
¿Acaso esos eran los privilegios de ser el hijo biológico?
Adrián resopló y le preguntó:
—¿Cambiar tu enorme imperio por un matrimonio y un hijo?
—Sí.
Adrián soltó una carcajada, se levantó, se abotonó el saco y caminó hacia la puerta.
Al tocar la manija, giró la cabeza y dijo en un tono extremadamente suave:
—Ese imperio que perseguiste toda tu vida y del que te sientes tan orgulloso, para mí no es más que basura. ¿De verdad crees que me importa?
La puerta se cerró. El sonido del metal encajando retumbó en la habitación.
El hombre en la cama seguía con los ojos clavados en el techo, y una leve sonrisa se dibujó en sus labios, con una profunda certeza en la mirada.
***
Julia Silva había quedado para almorzar con un cliente. Apenas se había sentado cuando vio entrar a unas chicas por la puerta principal.
Eran del despacho de presidencia del Grupo Zamora.
Como antes solía ir a llevarle cosas a German Zamora, ya las conocía de vista.
Al ver que se acercaban, Julia giró ligeramente la cabeza. Las chicas tomaron asiento en la mesa contigua a la suya.

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