Tocó a la puerta con los nudillos y, en un instante, German recuperó la compostura.
Cristián entró y colocó un documento frente a él. German lo revisó rápidamente y firmó con trazo firme en la última página.
Cristián tomó la carpeta, dio un par de pasos hacia la puerta, dudó un momento y finalmente se dio la vuelta.
—Señor, la verdad es que... si se queda ahí sentado esperando, su esposa nunca cambiará de opinión.
Tal como temía, la mirada afilada de German se clavó directamente en él. Cristián encogió los hombros y salió apresuradamente.
Se había metido en lo que no le importaba.
***
Justo después de salir del trabajo, Julia recibió la llamada de auxilio de Diana Estévez.
Desde que Diana regresó del extranjero, su abuelo no había dejado de organizarle citas a ciegas.
En apenas una semana, ya había conocido a seis pretendientes.
Un abogado, un profesor universitario, un bombero, un fiscal...
De todas las profesiones, estilos e incluso edades, pero ninguno le interesó en lo absoluto.
Cada vez que surgía una emergencia de este tipo, Julia tenía que inventar las excusas más extravagantes para ir a rescatarla.
Aunque detestaba esas citas, Diana no se atrevía a decir que no, sobre todo porque su abuelo ya tenía ochenta años.
Si intentaba negarse, el anciano empezaba con el chantaje emocional: «Tu abuelo ya está viejo, no sirve para nada. Mi único deseo antes de morir es verte casada y con una familia».
Y entre lágrimas y lamentos, siempre lograba hacerla ceder.
—¿Qué profesión toca esta vez?
—Esta vez es un doctor —respondió Diana.
—¿Y qué tiene de malo un doctor?
Diana soltó un quejido dramático.
—Conoces mi historial amoroso, sabes perfectamente que no son mi tipo. ¡Por favor, ven a salvarme! El tipo ya llegó.
—¿Qué excusa uso esta vez? ¿Fuga de gas?
Diana respiró hondo.
—Me temo que esta vez tendrás que presentarte en persona, porque las otras excusas absurdas ya llegaron a oídos de mi abuelo.
—¿Y cómo quieres que me presente?
Diana apretó los labios y murmuró titubeante:
—¿Podrías... ir a la cita por mí?


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