—Tome asiento, señorita Diana.
Julia dejó su bolso a un lado y mostró una sonrisa apenada.
—Mil disculpas, el tráfico estaba terrible y por eso me retrasé.
Rafael sonrió con amabilidad.
—No se preocupe, yo también acabo de llegar.
Diana estaba sentada en un banco afuera, estirando el cuello para mirar hacia adentro. Al ver que los dos charlaban animadamente, soltó un suspiro de alivio.
Le envió un mensaje a Julia: [No te quedes demasiado tiempo. Veinte minutos y te sales].
Julia le respondió con un sticker.
Sabiendo que todo estaba bajo control, Diana entró relajada a la tienda de conveniencia de al lado, compró un yogur y se lo fue tomando con toda la calma del mundo.
Unos veinte minutos después, justo cuando Diana iba a enviarle el mensaje para darle luz verde de escape, vio que alguien bajaba de un auto estacionado en la calle.
¿Acaso su mala suerte llegaba a tanto?
Al notar la dirección hacia la que caminaba el hombre, sintió que el alma se le caía a los pies.
Julia estaba sentada justo al lado de la ventana. A menos que estuviera ciego, era imposible que no la viera.
Apretó los dientes y salió corriendo de la tienda.
—¡Vaya, si es el gran presidente Zamora! Qué casualidad encontrarnos aquí.
Se plantó directamente en su camino, bloqueándole el paso con una sonrisa forzada.
German se detuvo. Miró a la mujer frente a él, intentando rebuscar en su memoria, pero no logró ubicarla de inmediato.
Iba a rodearla para seguir su camino, pero Diana volvió a atravesarse.
—¿No te acuerdas? Antes de que te casaras con Julia, fuimos a cenar todos juntos.
Le dio una pista:
—Soy Diana Estévez, la mejor amiga de Julia.
German la observó y recordó vagamente que, en efecto, existía esa persona. La amiga de Julia que estudiaba en el extranjero.
Respondió con educación:
—Hola, señorita Estévez.
Al ver que no tenía intención de apartarse, preguntó:
—¿Se le ofrece algo?
Diana soltó una risa nerviosa y apretó los labios.
—No, nada. Solo te vi y quise venir a saludar.


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