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No Ruegues, No Sirve romance Capítulo 9

—Suéltame.

German prácticamente arrastró a Julia hasta el estacionamiento subterráneo. A ella le dolía tanto la muñeca que tenía el ceño fruncido.

El lugar, grande y vacío, hizo eco con las quejas de la mujer.

Sentir el roce de la piel enrojecida e inflamada de Julia bajo sus dedos solo hizo que la mandíbula de German se tensara más.

Con la mirada ensombrecida y la mente plagada de la imagen de Adrián sosteniéndole la mano a su esposa, apretó su agarre con más fuerza.

A Julia se le subió la sangre al rostro. Harta, se sacudió con fuerza y logró soltarse.

—German Zamora, ¡ya basta!

Su tono reflejaba un hartazgo absoluto.

German casi pierde el equilibrio por el empujón. La miró con asombro; era la primera vez que la escuchaba llamarlo por su nombre completo.

Antes de casarse, le decía «señor Zamora», y después de la boda, le decía «mi amor».

Se dio la vuelta y clavó sus ojos en ella.

—¿Cómo me llamaste?

Ese tono de hastío fue como un balde de agua helada que apagó de golpe el fuego en su pecho.

La que había sido sorprendida con otro hombre era ella, ¿y ahora resultaba que ella era la indignada?

Julia lo ignoró y se sobó la muñeca. Su pecho subía y bajaba rápidamente debido a la caminata acelerada.

Tomó aire y soltó con frialdad:

—Supongo que ya recibiste el acuerdo de divorcio. Avísame cuándo tienes tiempo libre para que vayamos al Registro Civil a firmar.

Su tono fue tan indiferente como si le estuviera preguntando qué quería cenar. No había rastro de emoción.

De pronto, German recordó ese sobre manila, las palabras de Cristián diciendo que ella lo había mandado, y cómo él mismo lo había tirado a un lado sin siquiera abrirlo.

Luego entró a la junta, lidió con mil cosas, y olvidó por completo su existencia.

Así que eran los papeles de divorcio.

Y ella ya había tomado la decisión de dejarlo.

¿Por culpa de quién?

Julia alzó la mirada. Su nariz se enrojeció de golpe y su voz se quebró.

—Yo ya no tengo casa, no tengo a nadie.

Sí, no tenía a nadie.

Su padre estaba muerto, ya no le quedaba familia en este mundo.

En esa inmensa capital llena de luces, todos tenían un lugar a donde ir, menos ella.

Fue tan tonta de creer que podía derretir el corazón de hielo de German siendo perfecta, atenta y complaciente en todo. Aprendió sobre el arte del té, sobre modales de alta sociedad, sobre cosas que odiaba... todo para encajar en el molde de la esposa perfecta que él quería.

Quería salvar a su padre y salvar su matrimonio, pero ¿de qué sirvió?

Lo perdió todo. Se sentía como una completa inútil.

Reprimió el dolor con todas sus fuerzas, tragándose las lágrimas porque se negaba a que German la viera destrozada.

Levantó el mentón, mirándolo con puro orgullo.

—No voy a regresar. Ya me mudé y no me llevé absolutamente nada que fuera tuyo. —Hizo una pausa—. Las cláusulas en el acuerdo son bastante justas. Solo pido lo que me corresponde.

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