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No Ruegues, No Sirve romance Capítulo 91

A Santiago Vaca lo dejaron plantado.

Esperó en el restaurante durante dos horas enteras y German Zamora nunca apareció. No contestaba las llamadas ni los mensajes.

Fue hasta que Cristián Casas le marcó para avisarle que le había surgido un contratiempo, que Santiago por fin se dignó a tomar los cubiertos.

Con el estómago lleno, pisó el acelerador a fondo y se dirigió a casa de German.

Pensando que Julia estaría allí, le pareció de mala educación llegar con las manos vacías, así que pasó al supermercado y llegó cargado de bolsas.

Tocó el timbre un buen rato hasta que una figura se acercó perezosamente a la puerta.

Al parecer, acababa de salir de la ducha. German llevaba puesta una bata de baño negra y una toalla en la mano con la que se secaba el cabello distraídamente.

—¿A qué viniste? —preguntó con frialdad al ver a Santiago arreglado como un pavo real.

¿Eh?

Santiago lo miró, y su rostro pasó de la alegría a la indignación.

—Oye, hermano, me dejaste plantado. Y encima de que no te he reclamado, me recibes con cara de fastidio.

Al ver la actitud de German, Santiago rodó los ojos y alzó las bolsas.

—Traje cosas. ¿Qué, no me vas a dejar entrar?

La mirada de German bajó de su rostro a sus manos y, sin cambiar de expresión, dio un paso atrás.

Santiago frunció el ceño, le dedicó una mirada furtiva y se coló por la rendija de la puerta.

Dejó las cosas en la mesa de centro y miró a su alrededor.

—¿Qué buscas?

—¿Y Julia? —preguntó con tono chismoso—. ¿No está?

German bajó la mirada, arrojó la toalla sobre la barra de la cocina y respondió con voz ronca:

—No.

Subió un escalón, abrió el refrigerador para tomar un buen trago de agua fría y luego le lanzó una botella a Santiago.

—¿A qué viniste?

—A pasar el rato.

Pero para su sorpresa, ella solo sonrió, lo abrazó y le dijo: «No se necesitan motivos para dar regalos. Simplemente quise hacerlo».

Al escuchar la respuesta tan casual de German, Santiago gritó sorprendido:

—¡No me digas que hizo fila en persona! Recuerdo que ese día hizo un calor infernal, hasta los revendedores cancelaban pedidos.

Chasqueó la lengua y le dio unas palmaditas en el hombro.

—Julia de verdad se desvive por ti, hermano.

—¿En serio es tan difícil de conseguir? —preguntó German.

Santiago sintió una gota de sudor frío. ¿Este hombre era tonto o qué?

—Hermano, no se trata de si es difícil o no. Tú tienes todo lo que el dinero puede comprar desde que naciste.

Le dio un golpecito en el pecho.

—Es la intención. Eso es lo valioso. ¿Quién más se asaría bajo el sol solo para conseguirte algo así?

German miró la firma en la portada. Recordó que en la casa familiar también había una guitarra autografiada por el mismo artista.

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