Era un regalo que su madre le había dado cuando cumplió diez años. Y como era de ella, lo atesoraba profundamente.
Así que Julia, asumiendo erróneamente que a él le fascinaba ese cantante, había hecho todo eso...
Santiago observó su expresión y murmuró con picardía:
—¿Qué pasa? ¿Estás conmovido?
—No.
—Ja —Santiago soltó una carcajada burlona—. Sigue fingiendo.
Crecieron juntos. Quizá otros no lo notarían, pero él sí.
Los ojos ligeramente caídos, el ceño apenas fruncido y el movimiento de su nuez de Adán.
Estaba claramente conmovido.
—Viendo tu actitud de hoy... ¿Se pelearon?
German lo miró de reojo.
—¿Por qué lo dices?
Santiago se dejó caer en el sofá, fingió suspirar profundamente y dijo en tono de broma:
—Huelo la tragedia flotando en el aire.
Apoyó la cabeza para mirar a su amigo.
—¿En qué etapa del pleito van? Deja que este experto gurú del amor te asesore.
German devolvió el vinilo a su estante e hizo una pausa.
—No es eso.
Viendo lo terco que era, Santiago chasqueó la lengua.
—Ja. ¿Qué tiene de malo confesarlo? No se lo diré a nadie.
Si supiera lo caras que cobraba sus terapias de pareja a otras personas...
Y él rechazando sus servicios gratuitos.
Tomó su botella de agua y se encogió de hombros.
—Contentar a tu esposa no es ningún motivo de vergüenza.
—Nos vamos a divorciar.
Pfff...
El chorro de agua salió disparado a tres metros de distancia. Santiago tosió enrojecido, casi ahogándose por la sorpresa.
German miró las gotas en la mesa y el suelo con evidente disgusto.
—Limpia eso antes de irte.

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