¡Vaya!
Adrián Silva sí que sabía cómo jugar sus cartas.
[Si te sientes incómoda, también podemos decirle a Diana que venga con nosotros.]
Con una invitación tan flexible, rechazarlo parecía un berrinche innecesario.
Dudó un instante, pero finalmente aceptó.
Tras despedirse por chat, volvió a sumergirse en su trabajo.
De la nada, aquel misterioso fan que no le escribía hace tiempo, le mandó un mensaje.
[Señorita Silva, nos vemos en un par de días.]
Sin entender a qué se refería, Julia se limitó a darle una respuesta educada y breve.
***
Puerto Esperanza — La mansión.
Adrián guardó su teléfono en el bolsillo y, al voltear, se topó con Isabella Ruvira recargada en el marco de la puerta.
La mujer lo miraba con una sonrisa ladina. Por su expresión, era evidente que había presenciado toda la escena.
Sin ganas de tolerarla, él se dio la vuelta para bajar las escaleras.
Justo al pasar por su lado, ella murmuró:
—Esa señorita Silva sí que es tu debilidad. Jamás había visto a mi querido Adrián actuar con tanta ternura.
Adrián la miró fríamente.
—¿Qué quieres decir?
Isabella soltó una carcajada suave.
—Solo es un comentario inocente. No tienes que ponerte a la defensiva.
Volvió la vista hacia el ventanal.
—Pero si esa jauría allá afuera se entera de su existencia... ¿qué crees que le harían a tu preciada niña?
La comisura de los labios de Adrián se curvó ligeramente. Su mano subió con lentitud y acarició la mejilla de la mujer, bajando hasta rodearle el cuello.
Y la sujetó con una presión amenazante.
Detrás de sus lentes dorados destelló un instinto asesino.
—Ellos jamás se enterarán.
Esos infelices no tenían forma de conocer su vida en la ciudad.

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