En cuanto Adrián regresó a la capital, fue a ver a Julia.
Mientras comían, a Julia le vino algo a la mente y preguntó:
—Hace poco tuviste que irte de emergencia a Puerto Esperanza. ¿Pasó algo grave?
Él le sirvió un poco de comida en su plato y respondió con su habitual tono suave:
—No fue nada serio. El viejo se sentía mal, así que fui a hacerle compañía unos días.
Julia alzó la mirada.
—¿Pero ya está bien? ¿Qué dijeron los doctores?
—Está bien, fue un problema menor.
Al escuchar que no era nada grave, Julia se relajó.
—Qué alivio. Con las personas mayores no se puede jugar con la salud; es mejor detectar cualquier cosa a tiempo.
—Así es.
Él la miró fijamente y una sonrisa asomó a sus labios.
—Teníamos tiempo sin vernos, ¿cómo has estado?
—Yo... todo bien. Ya tengo todo listo para la ronda final. Solo falta que pase la gala benéfica y empezamos.
Julia tomó la servilleta que Adrián le ofrecía, se limpió la boca y empezó a guardar los restos de comida en una bolsa.
De pronto, él preguntó:
—Escuché que... ¿tú y German ya hicieron los trámites?
Julia dudó un segundo antes de asentir.
—Sí, en cuanto termine el periodo de reflexión firmaremos el acta de divorcio.
Adrián la miró en silencio. Movió los labios como si quisiera decir algo más, pero al final solo pronunció:
—Qué bueno. Felicidades por adelantado por tu libertad.
—Gracias.
—Julia, tienes una visita —dijo Lucía, asomando la cabeza tras tocar la puerta.
Julia asintió y tiró la servilleta a la basura.
—Ya terminé de comer. Pide que pase a la sala de espera, salgo en un momento.
—Claro.
Al ver que Julia tenía trabajo, Adrián se levantó y se abrochó el saco.
—Te dejo trabajar. De paso, tengo unos asuntos que resolver en la empresa.
Ambos salieron juntos de la oficina y, de repente, Julia recordó algo.


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