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No soy tu señora… soy tu error romance Capítulo 1

Durante la segunda semana de la ley del hielo con Leonardo Yáñez, Silvana Cárdenas finalmente cedió. Su vuelo aterrizó en Costa Esmeralda.

Apenas salió de la terminal, entró una llamada de Leonardo.

El corazón de Silvana dio un vuelco de alegría, mezclado con un dejo de resentimiento. Pensó que su esposo por fin estaba dispuesto a dar el brazo a torcer y contestó apresuradamente: —Leo...

—¿Estás en casa? —la voz del hombre sonó a través de la línea, gélida y sin rastro de emoción.

Sus expectativas se desvanecieron al instante, como si le hubieran echado un balde de agua helada encima. La sonrisa de Silvana se congeló.

Cierto, seguían peleados. Ella había viajado hasta allí precisamente para darle una sorpresa, romper el hielo y reconciliarse.

—Sí... ¿Ya vas a volver?

Leonardo ignoró su pregunta por completo y le envió una foto directamente. Su tono seguía siendo igual de distante: —Sube esta foto a tu cuenta de twitter ahora mismo. Cambia tu ubicación a Costa Esmeralda. Ya sabes cómo hacerlo. Tienes cinco minutos, no me hagas esperar.

La llamada se cortó. Ese tono autoritario era demasiado familiar; era la voz que Leonardo siempre usaba para manejar las crisis de relaciones públicas.

Silvana abrió las tendencias de twitter con dedos temblorosos.

#Presidente del Grupo Aurum Sol viaja con mujer misteriosa, ¿crisis matrimonial?

#¿La imagen de esposo perfecto era una farsa?

Silvana frunció el ceño. Sus ojos se movieron rápidamente al comprender lo que pasaba y, con el pulso acelerado, hizo clic en la tendencia principal.

La noticia de Leonardo y la mujer misteriosa ya estaba en la cima de las búsquedas. Se quedó mirando la pantalla fijamente, bloqueando el paso sin darse cuenta.

—¡Señorita! ¿Puede dar permiso?

Silvana reaccionó de inmediato y murmuró: —Lo siento mucho.

Trató de mantener una sonrisa cortés y caminó mecánicamente hacia unos asientos cercanos para sentarse.

En la fotografía, Leonardo aparecía atándole los cordones a una mujer con una ternura infinita. Su mirada baja, concentrada y devota, reflejaba la actitud de alguien profundamente enamorado, el tipo de cursilerías de parejas comunes que él alguna vez había menospreciado. En todos sus años juntos, Leonardo jamás había hecho algo así por ella.

Esbozó una sonrisa amarga. En el fondo, aún le quedaba un rayo de esperanza y deseaba escuchar una explicación de los propios labios de Leonardo.

Llevaban seis años de casados y su relación siempre había sido estable. Incluso sabiendo que él tenía un gran amor del pasado, a Silvana nunca le había importado demasiado.

Al principio, este matrimonio había sido solo un plan meticulosamente orquestado por ella.

Silvana creció en la extrema pobreza. Tenía grandes ambiciones, pero el destino le había repartido las peores cartas.

Crecer en un entorno donde uno podía perder la vida peleando por un pedazo de pan la había vuelto desconfiada. No solo tenía que cuidarse de los extraños, sino también de su propia familia, que le arrebataba la poca comida que conseguía para dársela a su hermano menor.

Sus padres siempre usaban la misma excusa: «Simón está en pleno desarrollo, dale tu comida».

Pero ella apenas le llevaba seis años de diferencia, ¿por qué tenía que sacrificarse por él?

El favoritismo de sus padres era como un cuchillo sin filo: no la mataba de un tajo, pero la torturaba lenta y constantemente.

Estudió con desesperación y trabajó medio tiempo hasta lograr entrar a la prestigiosa Universidad de la Capital. En esa ciudad deslumbrante y llena de lujos, todo era radicalmente distinto a los primeros años de su vida. Con trabajos eventuales, por fin lograba sostenerse sola y pagar sus estudios.

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