El hombre que acababa de hablar se asustó tanto que se acobardó al instante, bajando la cabeza sin atreverse a decir una palabra más.
El chofer, que ya tenía medio cuerpo enterrado en la tierra, agitaba los brazos desesperadamente suplicando piedad.
—¿Quieres confesar? —preguntó Máximo, limpiándose las manos, que no estaban sucias, con un pañuelo de seda con total calma, lanzándole una mirada burlona.
El chofer, desde el hoyo, asintió frenéticamente.
Máximo caminó hacia el borde del foso y lo miró desde arriba.
—Quiero la respuesta más directa. Si dices una sola tontería, tu único destino será la muerte.
Apenas el chofer asintió, Yeray le propinó una patada en la mandíbula.
Con ese golpe, el chofer recuperó el habla de inmediato. Señaló con una mano hacia la multitud.
—Fue Fabián. Fabián me ordenó manipular el coche.
El acusado era nada menos que el hermano de Máximo, Fabián Corbalán, quien jamás imaginó que las cosas darían tal giro.
—¡Estás inventando calumnias! ¿Cómo podría yo matar a mi propio papá? —Se giró apresuradamente hacia Máximo—. ¡Maxi, no creas sus mentiras! Solo quiere arrastrarme con él.
El chofer gritó:
—¡Tengo la grabación de la llamada! La guardé en mi correo electrónico.
Para evitar ser enterrado vivo, el chofer recitó atropelladamente su cuenta y contraseña.
Ramiro accedió al correo a toda velocidad y encontró el archivo de audio entre los mensajes.
Al activar el altavoz, se escuchó la voz de Fabián ordenándole al chofer que acabara con Samuel y la señora Corbalán.
Con pruebas y testigos, Fabián Corbalán no tenía escapatoria.
Aterrorizado, se dio la vuelta para huir, pero varios guardaespaldas de movimientos ágiles lo patearon hasta dejarlo tirado en el suelo, inmovilizado.
Miró a Máximo con desesperación.
—Maxi, escúchame, la grabación es falsa, nada de esto es verdad.
Máximo levantó la mano para interrumpirlo y ordenó a sus hombres:
—Fabián Corbalán cometió parricidio. La evidencia es irrefutable. Que se le aplique la ley interna y luego entréguenlo a la policía junto con las pruebas.
Lo que se veía en la pantalla era un zorrito rojo con una sonrisa maliciosa.
Para evitar que algún conocido la reconociera, también distorsionó su voz, haciéndola sonar muy neutra.
En una sala nueva y con cero seguidores, después de media hora, la audiencia no pasaba de tres personas.
Un espectador llamado Lucio Hernández escribió en los comentarios: [¿Eres hombre o mujer? ¿Por qué no das la cara? ¿Estás tan fea que te da pena?]
—Mi apariencia no es lo importante —dijo Nina—. ¿Quiere una consulta, joven? Solo hay un cupo por mes, aproveche antes de que se agote.
Lucio: [Qué molesto es el algoritmo, todos los días me pone charlatanes supersticiosos en la página de inicio.]
—Entonces, ¿quieres el cupo o no?
Lucio: [¿Es gratis?]
—Doscientos pesos. Solo manda un regalo por ese valor en el live y listo.
Lucio: [¿Por qué no mejor te pones a asaltar?]
El intercambio de palabras entre ambos le dio un poco de vida a la sala.

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