—Porque la autora intelectual de esa explosión es tu preciosa hija.
Andrea comprendió entonces la gravedad del asunto.
—Nancy, ¿tú mandaste matar a Nina?
Nancy seguía lamentando la pérdida de su ojo.
—Mamá, no escuches las tonterías de Dylan, ¿cómo voy a hacer algo así?
»Pero si Nina murió en la explosión, creo que deberíamos celebrar.
Dylan la miró como si viera a un cadáver.
—No creas que por negarlo nadie va a investigar hasta llegar a ti. Ya has visto lo vengativo que es Máximo.
»Esos tres dedos que te cortó Bruno, ¿no te enseñaron ninguna lección?
Nancy fulminó a Dylan con la mirada.
—¿Eres mi hermano o no? Te la pasas defendiendo a extraños, no olvides que soy tu hermana de sangre.
Dylan no quiso desperdiciar más saliva con alguien tan descerebrada como Nancy.
—Mamá, prepara las medidas de contingencia, la quiebra de la familia Villalobos no está lejos.
No sabía cuántas maldades había cometido en su vida anterior para reencarnar en un lugar tan podrido como la familia Villalobos.
Dejando una advertencia llena de impotencia, Dylan no quiso quedarse ni un segundo más en ese lugar asfixiante.
Andrea miró a Nancy.
—Entonces, ¿fuiste tú quien planeó la explosión o no?
Nancy sonrió con alegría.
—Si tú dices que sí, entonces sí.
***
En Bahía Azul, Máximo yacía en la cama con aspecto débil.
Tenía el cuerpo y los brazos envueltos en gasas, luciendo bastante maltrecho.
Nina estaba sentada junto a la cama con cara de preocupación y los ojos llenos de lágrimas.
—Máximo, te queda poco tiempo, si tienes últimas palabras dilas rápido.
—Ahora mismo, descansa. Llevas tres días y tres noches dándome lata.
Máximo puso cara de disgusto.
—Amor, ¿ya no me amas?
Nina le dio un pellizco fuerte en donde supuestamente estaba herido.
—Ya bájale, solo fueron rasguños leves y mira el drama que haces.
Habían pasado tres días completos desde la explosión, y Máximo seguía inmerso en su papel.
Su mayor diversión diaria era fingir debilidad para ganar simpatía, realmente creyéndose un paciente terminal.
Al ser pellizcado por su esposa, Máximo soltó un aullido desde el fondo de sus pulmones.
—¡Ay, amor, me duele!
Nina le dio otro pellizco.
—Si sigues con tus quejas, haré que te duela más.
Dicen que no hay que consentir demasiado a los hombres; les das la mano y te agarran el pie.

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