El cielo se oscurecía cada vez más y la tormenta llegó tal como se esperaba.
Nancy había colocado un informante en el Grupo Orca y sabía que Máximo había ido a la empresa esa mañana, mientras que Nina, debido a su embarazo, debía estar en casa reposando.
Al pensar en ello, Nancy, que conducía a toda velocidad, mostró una sonrisa triunfal.
«Nina, a ver cómo te libras de esta».
Pronto se reunió con el convoy que Alfa había conseguido.
Más de veinte coches; era imposible que no lograran detener a Máximo.
Alfa se atrevió a colaborar con Nancy en ese momento por los veinte millones que ella le había prometido.
Después de este trabajo, tomaría a sus hombres y huiría.
Veinte millones eran suficientes para vivir sin preocupaciones el resto de su vida.
La lluvia caía a cántaros y los truenos retumbaban ocasionalmente en el horizonte.
Máximo tenía que pasar por ese cruce para volver a Bahía Azul desde la empresa.
El informante le dijo a Nancy que, diez minutos antes, Máximo estaba en una junta con los accionistas.
Al ver que el clima empeoraba, terminó la reunión de manera abrupta.
Perfecto, todo estaba bajo el control de Nancy.
Los más de veinte coches bloquearon el cruce por completo.
Nancy dejaba pasar a cualquiera que no fuera del convoy de la familia Corbalán.
Aun así, el tráfico colapsó, provocando un embotellamiento y las quejas de los conductores.
La voz de Alfa sonó por el altavoz: —Se estima que el convoy de los Corbalán pasará por aquí en dos minutos.
Nancy sonrió con malicia.
«Máximo, vamos a ver si tienes la capacidad de proteger a Nina esta vez».
Al mismo tiempo, Máximo, sentado en su auto esperando volver a Bahía Azul, notó que la velocidad disminuía cada vez más.
—Yeray, ¿qué pasa?
Hacía cinco minutos había hablado con Nina y todo estaba bien por allá.
Solo llovía fuerte, los rayos aún no caían.
Dicho esto, Nancy soltó una carcajada demencial.
—¿Cuánta maldad habrá hecho para que la parta un rayo una y otra vez?
Yeray estalló en insultos:
—¡Cállate el hocico, maldita! Si a la gente mala la partiera un rayo, Dios te hubiera fulminado a ti primero.
Pensando que Nina estaba en casa esperando a que el señor Máximo la salvara, Yeray deseaba que un rayo convirtiera a Nancy en cenizas en ese mismo instante.
Parecía que la boca de Nancy tenía algún poder maldito.
Un trueno que llevaba rato retumbando, finalmente cayó del cielo.
Máximo tenía más ganas de matar a Nancy que Yeray, pero no era momento de pelear; tenía que llegar a Bahía Azul cuanto antes.
Cada trueno golpeaba su corazón como un latigazo.
Nina no podía sufrir daño, y mucho menos los bebés en su vientre.
—Yeray, pásales por encima.
Si pasaba algo, él se haría responsable.

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