—No tenía planeado regresar a la casa —dijo Nina, un poco fastidiada.
—No importa, a donde tú vayas, yo voy. «Marido y mujer, una sola carne», ¿no?
¿Ya se le había pegado?
Obviamente, Nina no iba a llevar a Máximo a su laboratorio.
Le hizo una seña para que la siguiera.
—El carro está allá, sígueme.
Máximo se quedó plantado.
—Si no me apoyas, no puedo caminar.
—¿Y si no puedes caminar, para qué sales? —replicó Nina.
—Mi esposa no llegó a dormir anoche, estaba preocupado.
Máximo ni siquiera se dio cuenta de lo fácil que le salió la palabra «esposa», y hasta sintió un toque de dulzura en el fondo.
—Parece que se te olvida que nuestro matrimonio es secreto —le recordó Nina.
Máximo miró a su alrededor.
—No hay nadie cerca. Yo no tengo miedo, ¿tú qué temes?
Para no seguir gastando saliva, Nina tuvo que ayudarlo a caminar hacia su lugar de estacionamiento.
Era la primera vez que Máximo subía al coche de Nina. Era una SUV espaciosa, y aunque por fuera se veía vieja y despintada, por dentro estaba bastante bien equipada.
Cuando arrancaron, Máximo preguntó:
—¿No has pensado en cambiar de carro?
Nina lo miró extrañada.
—Mi carro funciona perfecto, ¿por qué iba a cambiarlo?
—El modelo es muy viejo, se ve maltratado y, además, no te falta dinero —dijo Máximo con franqueza.
Con doscientos millones en la cuenta, cualquier persona normal pensaría en cambiar esa carcacha.
Nina frunció el ceño.
—Si te diera gusto y comprara un carro nuevo, sería un bien mancomunado adquirido dentro del matrimonio. Si nos divorciamos en el futuro, tendrías derecho a la mitad.
Máximo se quedó sin palabras.
—Incluso si algún día nos divorciamos, no te quitaría ni un centavo.
Nina sonrió radiante.
—Si tú lo dices, me quedo más tranquila.
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