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No Tan Bruja romance Capítulo 132

—Pierda cuidado, señor Cárdenas. Le aseguro que este asunto quedará resuelto en menos de una semana.

El director ya había mandado investigar a la familia de la enfermera; sus padres eran campesinos sin educación que a duras penas habían logrado que su hija estudiara, pidiendo dinero prestado a parientes para las colegiaturas.

A familias así, con tirarles unos cuantos cientos de miles de pesos, se les callaba la boca fácilmente.

En cuanto a la enfermera golpeada, por tonta y no saber leer el ambiente, se merecía la paliza que le dio el heredero y su pandilla.

Dentro de la habitación, Gonzalo frunció el ceño y regañó a su hijo: —¿Es que no puedes estarte quieto unos días? Haz cuentas, ¿cuántas veces he tenido que venir a limpiarte tus cagadas?

Ángel puso cara de indiferencia. —Solo le di una lección a una cosita desobediente, ¿es para tanto que me vengas a gritar así? Papá, no olvides que sigo siendo un paciente.

Gonzalo apretó los dientes del coraje. —¡Si al menos te comportaras como un paciente, no causarías estos problemas asquerosos!

Ángel resopló. —Encerrado todo el día en este lugar de mierda, ya me estoy volviendo loco.

Al ver el rostro ligeramente demacrado de su hijo, Gonzalo sintió una punzada en el corazón. —Aguanta un poco más. En cuanto encuentre un riñón compatible, saldrás de aquí muy pronto.

Ángel preguntó: —¿Y qué pasó con la bastarda que tienes por fuera? ¿Por qué no usamos su riñón?

Desde que Ángel fue diagnosticado, escuchaba con frecuencia el nombre de Nina.

En su mente, Nina, a quien nunca había visto, no era más que un recipiente de repuesto para salvarle la vida cuando estuviera en peligro.

Gonzalo no mostró desagrado porque su hijo llamara «bastarda» a Nina; después de tratar con ella un par de veces, le resultaba difícil no detestar profundamente a esa hija.

La puerta se abrió de golpe y Victoria entró como un torbellino. —Papá, al fin te encuentro.

Al salir de Bahía Azul, Victoria había estado buscando a su padre por todos lados.

Victoria fulminó a Ángel con la mirada. —Estás así de enfermo y ni así se te cierra esa boca apestosa.

Gonzalo la regañó: —Victoria, cuida cómo hablas. No olvides que es tu hermano.

Victoria no tenía ganas de discutir con un enfermo. —Papá, vine corriendo porque tengo que hablar contigo de algo serio.

—¿Sabías que Máximo tiene interés en comprar esa villa? Y está dispuesto a pagar el doble del valor de mercado.

—Ya investigué, el precio mínimo de mercado ahora es de ciento cincuenta millones. El doble serían trescientos millones. No es una cifra pequeña.

Gonzalo sintió un vuelco en el corazón. ¿Esa ruina vieja había subido tanto de precio?

Ángel, al oír hablar de dinero, abrió los ojos como platos. —Papá, si de verdad alguien ofrece trescientos millones por esa casa, ¡véndela! Al fin y al cabo tenemos muchas propiedades, una menos no importa.

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