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No Tan Bruja romance Capítulo 131

Esta era la cuarta vez que Gonzalo acudía al hospital para limpiarle el desastre a Ángel Cárdenas.

Desde que tomó la medicina que le dio Nina, Ángel no solo había sido trasladado a una habitación normal, sino que sus indicadores físicos se estaban normalizando poco a poco.

Gonzalo no les había contado ni a su esposa ni a su hija sobre el trato que hizo con Nina.

Primero, porque la propiedad que le cedió a Nina pertenecía originalmente a su exesposa, Jimena. Lo que Isaac le había hecho firmar a Gonzalo era solo un acta notarial.

Con ese documento, Nina podía tramitar las escrituras oficialmente.

Dado que esa casa no tenía mucho que ver con la familia Cárdenas, Gonzalo no vio necesario informar a los suyos.

En segundo lugar, aunque Alma era su esposa legítima, no conocía con exactitud el total de sus activos.

Él no quería que Alma se enterara de la transferencia de doscientos millones a Nina, para evitar que ella lo atosigara con reclamos y buscara excusas para armarle un escándalo.

La salud de su hijo mejoraba y, según la perspectiva de Alma, era gracias a sus donaciones a la caridad, que finalmente habían conmovido al cielo para derramar su gracia sobre los Cárdenas.

La realidad, sin embargo, era que desde que Ángel pudo moverse con libertad, empezó a llamar a sus amigos para que fueran a visitarlo.

Ángel estaba en una suite de lujo del hospital privado, una habitación comparable a la de un hotel de cinco estrellas.

Los amigos con los que se juntaba provenían de familias acomodadas y, valiéndose del dinero de sus padres, hacían de las suyas sin ningún remordimiento.

Lo que más abundaba en ese hospital privado eran enfermeras jóvenes y bonitas.

Al ver que una chica guapa entraba para inyectarlo, a Ángel se le despertaban los instintos y, azuzado por sus amigos, comenzaba a acosar a las pobres enfermeras que no sabían cómo reaccionar.

Cuanto más asustada se mostraba la enfermera, más se excitaba el instinto animal de ellos.

Las enfermeras acosadas presentaban quejas llorando ante la administración, pero todo caía en saco roto.

Los directivos sabían que las chicas sufrían injusticias, pero no hacían nada.

Para eso sus familias tenían dinero; con soltar unos cuantos millones, podían comprar cualquier vida.

La estudiante, recién salida al mundo laboral, terminó con el tabique nasal roto, varios dientes tirados, un brazo fracturado y probablemente perdería el ojo izquierdo.

Una buena estudiante, que aún no había podido retribuir el esfuerzo de sus padres, fue arruinada por un grupo de escorias.

Al ver el estado de su hija, los padres y parientes de la chica fueron al hospital con pancartas para protestar.

Pero antes de que pudieran siquiera desplegar las lonas, los guardias de seguridad del hospital los golpearon brutalmente con garrotes.

Cuando Gonzalo llegó tras recibir la noticia, el incidente ya se había calmado momentáneamente.

Lanzó un cheque con la cifra ya escrita sobre el escritorio del director. —Ya sabes cómo manejar lo que sigue, tú encárgate.

Al ver la larga fila de ceros en el cheque, el director no pudo contener una sonrisa de oreja a oreja.

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