—Después de todo, tu imagen principal es la de una estudiante pobre que solo gana dos mil quinientos pesos al mes.
Nina soltó una carcajada ante su comentario.
Después de reír un rato, dijo con seriedad: —La imagen no es falsa. El sueldo que gano mensualmente trabajando es, de hecho, solo dos mil quinientos.
—Por eso envidio a tu empleada doméstica; su salario es al menos diez veces el mío.
Nina empujó la tarjeta bancaria de regreso. —Mi papá me enseñó desde pequeña que no se debe recibir recompensa sin mérito, y que no se debe tomar el dinero de otros a la ligera.
Máximo volvió a empujar la tarjeta hacia ella.
—La famosa leyenda internacional, ZERO, puede ganar una fortuna con solo mover los dedos.
—Si a ti te faltara dinero, todos los hackers del mundo estarían desempleados.
—Esta tarjeta es el dinero para gastos que un esposo le da a su esposa.
—Recuerda, soy tu marido, no esos «otros» de los que hablaba tu papá.
Máximo pensó que, al mencionar el nombre de ZERO, Nina mostraría al menos un poco de sorpresa, pero ella solo sonrió.
Esa reacción tomó a Máximo desprevenido.
—Sobre el hecho de que eres ZERO, no fue mi intención ofenderte al investigar.
Durante años, había intentado encontrar a ZERO por todos los medios.
No esperaba que el legendario pez gordo fuera su legítima esposa.
Nina asintió. —Me di cuenta cuando Ramiro interceptó la IP anoche.
—¿Por qué no lo detuviste en el acto? —preguntó Máximo sorprendido.
Con las habilidades de ZERO, evadir el rastreo de Ramiro debería haber sido pan comido.
—No es importante —respondió Nina.
La identidad de ZERO no era un secreto que tuviera que ocultar a toda costa.
Confiaba en que Máximo no era un bocón que anduviera anunciándolo con un altavoz.


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