Sin otra opción, Ramiro soltó la verdad:
—La señorita Villagrán se subió hoy al coche de Dylan.
Sabía que la familia Villalobos era un tema explosivo para el señor Máximo; un campo minado que no se debía pisar. Incluso el apellido «Villalobos» era tabú entre los Corbalán.
Ramiro preferiría no haber tenido que contarle eso a su jefe, pero la orden de Máximo había sido clara: cualquier movimiento de Nina debía ser reportado de inmediato.
Según los guardaespaldas encargados de cuidarla, ella y Dylan estuvieron solos en el vehículo durante treinta minutos. Qué dijeron, qué hicieron o qué pasó en esa media hora, ni el asistente de Dylan ni los guardaespaldas lo sabían.
Al tratarse de los Villalobos, Ramiro no se atrevía a ocultarle nada al señor Máximo. Tuvo que arriesgarse a ofender a la señorita Villagrán y reportar el encuentro privado.
Como era de esperarse, a Máximo le cambió la cara.
La última vez, en la entrada de la Zona Cero, ya había notado que las intenciones de Dylan no eran buenas. Que se acercara a Nina deliberadamente hacía sospechar que tenía segundas intenciones.
Cerca de la hora de la cena, Nina regresó a Bahía Azul con su mochila al hombro. Sostenía el celular entre la oreja y el hombro mientras caminaba:
—Te mandaré los datos al correo antes de las doce de la noche. Acuérdate, solo te doy tres días. En tres días quiero los resultados del experimento. No te preocupes de dónde saqué las hierbas; si funcionan, ya veré cómo consigo más.
Al verla llegar, Máximo debatía internamente si debía preguntarle qué había pasado con Dylan. Cuando ella colgó, él se levantó para recibirla.
—Nina…
Ella fue directa al grano:
—Ya cené fuera. Solo vine por unas cosas, ahorita me voy a Villa Arcadia.
Subió unos escalones trotando, pero se detuvo y regresó.
—Por cierto, te aviso para que lo sepas: es probable que en estos días vaya al laboratorio de Dylan como asistente.


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