Dante dudaba seriamente de los verdaderos motivos de Enzo para traer a Natalia a esta fiesta.
Desde que Máximo llegó al evento, no había dejado de demostrarle a todo el mundo que él y Nina eran pareja.
Natalia había llegado sin invitación y, delante de tanta gente, había sacado a relucir el historial amoroso de Máximo. Cualquier mujer con un poco de carácter habría estallado ante esa situación.
Él había observado la reacción de Nina más de una vez.
No sabía si los nervios de la señorita Villagrán eran de acero o si simplemente Natalia no le importaba en lo más mínimo. Desde que la intrusa apareció, Nina solo se había dedicado a comer su cena, levantando la vista ocasionalmente para ver el espectáculo.
Esa calma y compostura hicieron que Dante comenzara a prestarle más atención.
Máximo miró a Enzo, quien fingía inocencia.
—Tu «buena intención» me ha traído bastantes problemas.
La situación de esta noche estaba completamente fuera de los cálculos de Máximo. Antes de que apareciera Enzo, ingenuamente creyó que su amigo no llegaría a tales extremos. Superficialmente, mantenían una falsa amistad; en realidad, llevaban tiempo en una guerra fría de negocios.
Había supuesto que Enzo usaría la fiesta para ponerle el pie, pero no esperaba que involucrara a Nina en sus juegos sucios.
Enzo tosió con falta de naturalidad.
—Maxi, Nati vino expresamente a verte esta noche. Por los viejos tiempos de la escuela, no seas tan duro.
Máximo sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos.
—Según tú, rechazar a otras mujeres que se me ofrecen para no molestar a mi mujer… ¿es ser duro?
La sonrisa de Enzo comenzó a desmoronarse.

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