Todos escucharon las reglas por primera vez. Quinientos pesos para ellos era lo de un desayuno; perder esa cantidad era irrelevante. Usar el juego como excusa para hacer caridad era algo que solo a Nina se le ocurriría.
Elías se interesó:
—A ver si entiendo. Digamos que soy el GM, el que controla el juego, y tú eres la jugadora. Tiramos los dados. Si mis puntos son mayores, gano y puedo preguntarte lo que sea. Si gano veinte veces seguidas, ¿puedo exigirle algo a cualquiera? ¿Y si pierdo veinte veces, recibo el castigo final?
—Exacto —asintió Nina.
—Eso es básicamente «Verdad o Reto», no es muy original —dijo Natalia.
—La originalidad no importa, el punto es hacer caridad indirectamente —Nina señaló el código QR—. Cada vez que te niegues a responder, son quinientos pesos. Muchas negaciones suman una buena cifra.
Luego, sacó de su bolso un cilindro del tamaño de la palma de la mano y lo encendió frente a todos. Una voz infantil sonó:
—Soy el detector de mentiras, código 009, alias El Malo.
Dante se acercó a mirar.
—¿Qué es esa cosa rara?
—Un robot inteligente detector de mentiras, para evitar trampas en el juego.
—¿Esa cosita insignificante puede detectar mentiras? —dijo Natalia escéptica—. ¿Y se llama El Malo? Quién sabe si funciona tan mal como su nombre.
Nina le preguntó a Natalia:
—¿Te caigo mal?
Natalia tosió.
—Claro que no.

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