—Si la señora es constante, le garantizo que en menos de tres meses verá resultados muy satisfactorios.
Mientras platicaban, Nina bajó lentamente las escaleras.
Su presencia provocó un breve silencio en la enorme sala.
Emilia fue la primera en reaccionar y la saludó por iniciativa propia.
—Nina, ya despertaste.
Antes de asumir su papel, Emilia había recibido entrenamiento de la familia, así que sabía perfectamente el estatus que Nina tenía en Bahía Azul.
No sería exagerado decir que Nina era la dueña y señora de esa casa.
Por eso, Emilia sentía un respeto temeroso hacia ella desde el fondo de su corazón.
Pero ahora su papel era el de la madre de Máximo.
Frente a la verdadera patrona, Emilia no podía mostrarse demasiado servil, pero tampoco se atrevía a ser altanera.
Tenía que mantener el equilibrio para que Catalina no sospechara nada y arruinara los planes del señor Máximo.
Nina asintió con cortesía hacia Emilia. —Buenos días, señora. Se ve que hoy amaneció de buen humor.
Emilia respondió: —Gracias a la señorita Galván, hoy tengo buen apetito.
Catalina tenía una sonrisa amable en el rostro, pero al ver a Nina acercarse paso a paso con esa terrible mamba negra, la sonrisa se le borró.
Retrocedió exageradamente varios pasos.
—Señorita Villagrán, ¿podría alejar a esa horrible serpiente de mí?
Nina la miró como quien mira a un payaso.
Al pasar junto a Catalina, ni siquiera se detuvo.
Se dejó caer en el sofá con desenfado, permitiendo que Lucifer se moviera por todos lados como un niño travieso.
Cuando Lucifer vio a Catalina, le siseó y sacó la lengua en señal de amenaza.
Solo le faltó escribir la palabra "desprecio" en su lengua bífida.
Catalina, temblando de miedo, lanzó una mirada acusadora a Nina.
Nina sonrió y le dio un golpecito en la cabeza a Lucifer.

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