Adrián conocía a Nina demasiado bien.
Con lo mal genio que tenía Nina, ¿cómo iba a dejar pasar las maldades que Victoria le hacía a escondidas?
Resulta que estaba esperando este momento para vengarse.
Con razón Mercurio decía que Nina era experta en estos trucos del bajo mundo.
Fernando, que ya había sido obligado a llamar «papá» a otros, recordó: —Aclaro de antemano: quien participa en el juego debe obedecer las reglas.
Como dueño de Monarca 1908, aunque Máximo no había revisado el contenido de las cajas, sabía que pedirle a alguien que se arrodillara no era obra del personal.
Miró pensativo a Nina, quien seguía jugando con su bolígrafo como si nada.
Victoria le agarró el brazo a Máximo. —Máximo, ¿crees que debería arrodillarme y llamarla Reina?
Afuera se decía que ella era la mujer de Máximo; él tampoco querría verla arrodillada frente a Nina ante tanta gente, ¿verdad?
Máximo la miró de reojo. —Fernando llamó papá a todos, Enzo se bajó una botella y la señorita Rosales ladró como perro en público. ¿Tú crees que deberías arrodillarte o no?
El mensaje era muy claro: no iba a favorecer a nadie.
Así, Victoria hincó las dos rodillas en el suelo bajo la mirada de todos.
La postura de Nina al sentarse era imponente; cuando Victoria se arrodilló, realmente parecía una sirvienta sometida a los pies de una reina.
Incluso Fernando no pudo evitar cuestionarse: con esa presencia tan intimidante y poderosa, ¿Nina era realmente solo una chica de campo?
Adrián echó leña al fuego desde un lado: —Señorita Cárdenas, no olvide agregar: «Mi Reina».
En ese momento, a Victoria le sangraba el corazón de odio, pero apretó los dientes y dijo: —Mi Reina.
Nina levantó la barbilla de Victoria con la punta del pie. —¿Una sirvienta que se atreve a hablarle así a su ama? Eso merece al menos treinta latigazos.
Victoria, arrodillada, nunca se había sentido tan humillada como en ese momento.
Miró a Máximo buscando ayuda.

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