Pensándolo bien, Máximo sintió que sus propios pensamientos eran un problema.
Si Nina fuera una chica superficial y vulgar, probablemente no habría logrado moverle el tapete de esa manera.
«Olvídalo —se dijo—, soy un hombre hecho y derecho, no tengo por qué ponerme quisquilloso con temas sentimentales».
Nina ya era su esposa legítima; comían juntos, vivían juntos y se hacían compañía de día y de noche.
Con eso era suficiente.
Por otro lado, Victoria se quedó en el lugar haciendo corajes.
Y Lucía, que había presenciado cómo Nina se subía al coche de lujo abrazada por Máximo Corbalán, no pudo evitar cuestionar los orígenes de Nina.
Jamás imaginó que Nina pudiera estar involucrada con un hombre del calibre de Máximo.
Con razón en la azotea Nina le había dicho que era una persona de miras cortas.
Antes de esto, Lucía siempre había creído que Nina era una chica de una familia común y corriente.
Aparte de su inteligencia y talento impresionantes, no había notado nada extraordinario en ella.
Pero si Nina era la mujer de Máximo, la cosa cambiaba radicalmente.
—¿Ya te diste cuenta de que hiciste una estupidez monumental?
Sin que ella lo notara, Dylan se había acercado a su lado.
Era obvio que él también había visto la escena de Nina yéndose con Máximo.
Lucía se hizo la loca.
—Jefe, me está costando un poco seguirle el hilo a lo que dice.
Dylan soltó una risa burlona.
—Si no entiendes o te haces la que no entiendes, es algo que ambos sabemos muy bien.
—Dime algo: si Máximo se entera de que fuiste tú quien planeó enviar a Nina a la fiesta de cumpleaños de Mauro...
—Con el poder y los medios que tiene ahora en Puerto Neón, ¿crees que algún día, cuando encuentre la oportunidad adecuada, decida borrarte del mapa?
En los últimos dos años, la influencia de la familia Corbalán en Puerto Neón había crecido como la espuma.
Había rumores de que el ascenso meteórico de los Corbalán estaba directamente relacionado con el apoyo de algún pez gordo en las sombras.
Su influencia actual en la ciudad era tal, que incluso la familia Villalobos, a quienes antes nadie se atrevía a tocar, tenía que mostrarles cierto respeto.
Se decía que a Mauro lo habían metido en un hospital psiquiátrico.
Desde muy joven, ella había sido admitida en el Laboratorio Génesis con la etiqueta de genio.
Antes de conocer a Nina, Lucía realmente nunca había sabido a qué sabía la envidia.
Lo normal era que la envidiaran a ella.
Dylan la miró con lástima.
—Lu, no necesitas ocultar tus verdaderas emociones frente a mí. Nos conocemos desde hace cuatro años.
Lucía se alteró un poco.
—Pero por una mujer que has visto solo cuatro veces, eres capaz de decirle cosas tan horribles a una amiga y colega que conoces desde hace cuatro años.
Lucía no podía olvidar lo violenta que había sido la reacción de Dylan al enterarse de que Nina había ido a la fiesta de Mauro en su lugar.
La había regañado por actuar sin pensar en las consecuencias.
Le dijo que su astucia y malicia lo habían decepcionado.
—Tú sabes perfectamente lo mala que es la reputación de Mauro en nuestro círculo.
—Pones la seguridad de Nina en un pedestal, ¿pero acaso no pensaste que si yo iba a ese lugar, Mauro también podría haberse propasado conmigo?

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