Al hablar, su aliento despedía un fuerte olor a alcohol y su mirada se notaba un tanto perdida.
Nina no quería lidiar con un borracho.
Intentó razonar con él usando un tono tranquilo: —Te acercas como un monstruo. Si no me quito, ¿me vas a comer o qué?
No sabía que la palabra «comer» desataría la imaginación de Máximo.
Especialmente porque Nina estaba sentada justo entre sus piernas.
Recién bañada, Nina olía bien y se sentía suave, como un postre recién horneado que hace agua la boca.
Al notar el intenso deseo que brotaba de los ojos de Máximo, Nina intentó escapar de su abrazo, pero solo consiguió que él la sujetara con más fuerza.
Nina lo fulminó con sus hermosos ojos y preguntó: —¿Qué quieres?
El cuestionamiento de Nina hizo que Máximo recuperara un poco la sobriedad y se alejara ligeramente. —¿Qué relación tienes con Adrián?
—Amigos —respondió ella.
Era obvio que Máximo no se tragaba esa historia. —¿Qué clase de amigo arriesgaría la vida por el otro?
—¿Le crees todo lo que dice?
Máximo, inconforme, siguió interrogando: —¿Cómo se conocieron?
—Por internet.
—¿Hace cuánto?
—Seis años.
Seis años. Un periodo tan largo que dejó a Máximo con un mal sabor de boca.
Con razón Nina y Adrián se entendían tan bien.
Máximo continuó: —Cuando te fuiste de Monarca 1908, ¿a quién fuiste a ver?
Nina frunció el ceño, molesta. —¿Estás borracho o qué? Pareces policía interrogando a un delincuente.
Máximo sonrió con prepotencia. —Como tu legítimo esposo ante la ley, tengo derecho a saber todo lo que haces.


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