Nina no le tuvo ni pizca de paciencia. Se montó a horcajadas sobre él, con la sábana de por medio, le levantó la barbilla con una mano y sonrió con malicia.
—Vaya, no sabía que mi querido esposito tenía doble cara. A mí me encantan los tipos como tú, que por fuera se ven fríos y distantes, pero por dentro son puro fuego.
Aunque tenía a una mujer encima, Máximo se quedó inmóvil boca arriba, hasta un poco expectante de lo que ella haría a continuación.
Preguntó con voz ronca: —¿Qué planeas?
Nina le sostuvo la barbilla y se inclinó lentamente.
Máximo pensó que lo iba a besar.
Pero Nina, como niña traviesa, le mordió la mejilla, dejando una hilera de marcas de dientes bien visibles.
Jamás en su vida habían tratado así a Máximo.
Nina advirtió: —Tengo mal carácter y no me dejo de nadie. Quien me haga pasar un mal rato, se lo haré pasar peor.
Máximo se quedó acostado, riéndose solo.
Esta Nina tenía su encanto.
De pronto sonó el teléfono interno y se escuchó la voz de Iris por el altavoz: —La señorita Cárdenas pide verlo por un asunto importante, está esperando en la sala.
¿La señorita Cárdenas? ¿Victoria?
Al cruzar miradas con Nina, Máximo esperaba ver alguna reacción en su rostro, pero no hubo nada.
Al parecer, a Nina realmente no le importaba que él tuviera enredos con otras mujeres.
Una esposa tan «dócil y ajena a los celos» realmente le ahorraba problemas.
En la sala de la familia Corbalán, Victoria empujó una caja de regalo hacia Iris.
—Unos amigos me trajeron estos productos de cuidado de la piel del extranjero. Son demasiados, no me los acabaré yo sola, así que te traje algunos para compartir.



VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: No Tan Bruja