—La vida iba bien, y de repente te avisan que tienes una esposa extra; cualquiera en esa situación no lo aceptaría.
Nina abrazó a Máximo por el cuello desde atrás y le susurró al oído:
—En el asunto del matrimonio, soy yo quien te debe. Cuando encuentre la forma de desatar el Lazo Gordiano, te devolveré tu libertad para que vueles con tu amada. Pero repito: mientras hagas tus cosas en privado, no quiero enterarme. Si me entero...
Nina hizo un gesto de cortarse el cuello con la mano.
—¡Te vas a morir de una forma horrible!
Dejando esa amenaza en el aire, Nina se alejó con sus largas piernas.
¡Al diablo con volar con su amada!
Abandonado sin piedad en el comedor, Máximo le mentó la madre mentalmente por enésima vez a Dylan. Si ese tipo no hubiera estado de chismoso en el teléfono, no habría terminado malinterpretado por Nina.
A pesar de conocer a Nina desde hacía tiempo, Máximo aún no descifraba qué sentía ella por él. Si decía que no le importaba, ella siempre resolvía sus problemas sin escatimar costos. Pero si decía que le importaba, cada vez que hablaban de su pasado, ella parecía estar escuchando la historia de un extraño. No participaba, no preguntaba, no curioseaba.
Esa reacción no era la actitud de una mujer a la que le importa un hombre.
—La señorita Villagrán seguro se enojó.
La voz de Yeray apareció de la nada, asustando a Máximo. Como guardaespaldas personal, Yeray tenía su propia habitación en Bahía Azul y controlaba la seguridad, apareciendo y desapareciendo como un fantasma.
Era obvio que Yeray había escuchado toda la conversación.
Máximo soltó una risa irónica ante el comentario.
—Te conozco desde que tenías tres años, en todos estos años no le has agarrado la mano a una mujer, ¿de dónde sacas esa supuesta experiencia?
En temas de amor, Yeray estaba bien tapado. Tenía una cara bonita para engañar a niñas ingenuas, pero en realidad era un inútil en esos asuntos.
Solo si se le cruzaran los cables le haría caso a Yeray y elegiría este momento para darle explicaciones a Nina. Además, lo suyo con Nancy había terminado hacía mucho. No había nada, pero si insistía en explicarle, parecería que tenía cola que le pisen.
Máximo agitó la mano con impaciencia.
—¡Vete a freír espárragos!

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