Eric quería seguir dándole lecciones a Frida con su aire de patriarca, cuando la puerta se abrió desde fuera.
Lo primero que vio Eric fue un rostro joven y extremadamente atractivo.
El hombre era alto, con una presencia imponente. A pesar de tener solo veintitantos años, su nobleza y autoridad innatas hicieron que a Eric le costara respirar.
Ante su llegada, no solo Eric se quedó desconcertado.
La esposa de Eric también se quedó callada del susto.
Además de Frida y el matrimonio Aranda, había una cuarta persona en la habitación: la hija de Eric, que no había dicho una palabra.
Al ver a Máximo, su corazón dio un vuelco.
Su primer pensamiento fue que ese hombre era guapísimo.
Alto, galán, parecía sacado de una telenovela o una novela romántica.
Al principio, ella no quería venir a visitar a la familia Corbalán; lidiar con una pariente lejana y en silla de ruedas le parecía aburridísimo.
Pero en ese momento, sintió una emoción inesperada.
La aparición de Máximo hizo que Frida se relajara.
—Maxi, ¿qué haces aquí?
Máximo lanzó una mirada fría a los intrusos, caminó hacia Frida y se inclinó para abrazarla.
—Nina y yo te extrañábamos, así que vinimos a verte.
—Mamá, ¿cómo has estado estos días?
Con su hijo ahí, Frida se sintió segura y su sonrisa se amplió.
—Todo muy bien.
Estuvo a punto de decir algo, pero se contuvo.
Luego dijo: —Maxi, llegas justo a tiempo, te presento a unos parientes.
Frida señaló a las tres personas frente a ella.

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