—Dejando de lado la calidad de sus joyas, con esa actitud tan clasista de mirar a la gente por encima del hombro, ¿no le da miedo manchar la imagen de la marca?
No sabía si era su imaginación, pero la vendedora sintió un aura intimidante provenir de esa chiquilla vestida tan simple.
Para no perder la compostura, la vendedora respondió de mala gana: —Doscientos ochenta mil pesos. ¿Te alcanza?
Nina, con sus doscientos millones recién adquiridos, estaba a punto de sacar su tarjeta para callarle la boca, cuando escuchó una risa burlona a sus espaldas.
—¿Acaso las mendigas de hoy en día ya no tienen vergüenza?
Al voltear, Nina vio a una vieja conocida: su madrastra, Alma Téllez.
Digna de haber sido una gran estrella en su momento, a su edad aún conservaba su atractivo.
Pero tanta joya, ropa cara y bolsa de edición limitada le daban un aire de nueva rica insoportable.
Al ver a Alma, la actitud de la vendedora cambió radicalmente y se acercó a ella como perro faldero.
—Señora Cárdenas, qué honor tenerla aquí. Llegó una colección nueva hace unos días, piezas dignas de alguien con su clase y estatus. ¿Gusta que se las muestre?
Alma ignoró los halagos y apuntó contra Nina: —Estar en la misma tienda que esta persona me hace sentir que me rebajo.
Nina asintió, dándole la razón. —Coincido con la vieja esta. ¡Que le vaya bien!
Alma, indignada por el «vieja», alzó la voz: —La que se debería ir eres tú. ¿Crees que tienes derecho a estar en un lugar como este?
Nina: —¿Yo? ¿Qué tengo de malo?
Alma soltó con veneno: —Una pueblerina muerta de hambre que viene del campo.
La vendedora olió el chisme. —¿Se conocen?



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