La pantalla gigante repetía una y otra vez la pelea entre Alma y la vendedora, intercalada con aquella frase que Gonzalo le dijo a la amante por teléfono:
«Ya tengo cuarto en el lugar de siempre. Te doy media hora, ven ahorita mismo. Estoy de muy mal humor y necesito que me consientas duro, quiero probar bien esa «donita» que tienes.».
La voz de patán de Gonzalo, la cara amargada de Alma, la vergüenza y humillación de la vendedora al ser atrapada con un hombre mayor... todo se exhibía descaradamente en ese círculo lleno de gente poderosa.
Viendo a Victoria, nerviosa e impotente, siendo criticada como un payaso, Nina bebía un cóctel de buen humor en un rincón.
Para prever cualquier jugada sucia de la familia Cárdenas, había instalado un software de antimonitoreo en el celular de cada uno de ellos.
Si Victoria no hubiera tenido malas intenciones contra ella, Nina no habría sido tan cruel.
—Fuiste tú otra vez, ¿verdad?
La voz de Máximo llegó desde atrás.
Nina agitó el líquido en su copa, ignorando el cuestionamiento del hombre a sus espaldas.
Máximo le quitó la copa de vino, la cambió por un jugo de naranja y se lo entregó.
—Beber demasiado hace daño, de ahora en adelante no se permite beber.
Nina, a quien le habían encajado el jugo de naranja a la fuerza, puso cara de pocos amigos.
—¿Tengo que llamarte «Daddy»? Últimamente te metes demasiado en todo.
Máximo dijo con una voz que solo ellos dos podían escuchar:
—Ya sea «Daddy» o «Husband», dado que estamos atados de por vida, debo velar por la salud de mi otra mitad.
Hasta él sintió que sonaba un poco cursi, pero no podía evitar preocuparse por Nina.
Debido a que el sistema estaba fuera de control, el vergonzoso video de la familia Cárdenas se reprodujo innumerables veces.
Sin más opción, el personal tuvo que desconectar la electricidad para calmar las cosas.
Santino caminó directamente hacia ellos. Al ver el cambio de ropa de Nina, preguntó confundido:
—¿Por qué se cambió de atuendo la señorita Villagrán?
Máximo tomó la palabra:



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