Apenas se despidió de Enzo, Chiara recibió un golpe seco en la nuca que la dejó inconsciente.
Despertó empapada y tiritando; le habían arrojado una cubeta de agua helada con trozos de hielo que la golpearon dolorosamente, dejándola aturdida. Al abrir los ojos, vio un rostro familiar. Era la verdadera Nancy.
Ambas tenían la misma cara, pero sus auras eran completamente opuestas. A Nancy le encantaba el blanco puro. A pesar del frío de diciembre, la habitación estaba muy bien calefaccionada. Llevaba el cabello largo hasta la cintura y una bata de seda blanca. Su rostro era pálido e impecable, como porcelana fina. Tenía facciones hermosas y una sonrisa encantadora, pero a los ojos de Chiara, esa Nancy parecía un demonio salido del infierno.
—¿Descansaste bien? —preguntó Nancy con una voz tan suave que no delataba ni una pizca de agresividad.
Sin darle tiempo a Chiara de responder, Nancy le hizo una señal a su guardaespaldas.
—Todavía se ve adormilada, ayúdala a despertar.
El guardaespaldas levantó otra cubeta y vació el agua helada y los hielos sobre Chiara. El frío cortante y los bordes afilados del hielo la hicieron temblar violentamente; los trozos de hielo le rasguñaron la piel expuesta, y la sangre comenzó a mezclarse con el agua, creando una imagen espeluznante.
Chiara estaba furiosa.
—Nancy, no te pases. Mal que bien soy tu hermana. Si papá se entera de que me tratas así, no te lo va a perdonar.

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