Máximo gritó: —¿Acaso mi existencia nunca ha valido nada para ti?
Nina lo empujó a un lado.
—No me interesa responder preguntas tan aburridas.
Levantó la espada para partir a Nancy en dos, pero Máximo volvió a sujetarle el brazo.
—Si hoy tiene que morir, ¡yo seré el verdugo!
Aunque se sentía morir por dentro, Máximo se negaba a ver a Nina destruirse a sí misma por odio.
Nancy abrió los ojos como platos.
—Maxi, ¿tú también te volviste loco?
Pensaba que Máximo era su refugio inquebrantable, pero la realidad le dio una bofetada. ¡Estaba dispuesto a renunciar a sus principios por Nina! ¿Tanto amaba a esa mujer? ¿Había olvidado todo lo que vivieron juntos?
La acción de Máximo tomó a Nina por sorpresa.
En ese instante de distracción, Máximo le arrebató la katana.
Ya que Nina quería a Nancy muerta, él cumpliría su deseo.
—¡No, por favor! —chilló Nancy.
Justo en el momento decisivo, una sombra negra irrumpió en el salón a la velocidad del rayo.
Cuando la hoja que Máximo blandía estaba a punto de atravesar el corazón de Nancy, alguien le sujetó el brazo con fuerza.
Una voz masculina, profunda y magnética, resonó:
—¡Ella no puede morir todavía!
Nadie esperaba que un extraño lograra colarse en la fiesta, que ya estaba totalmente blindada por la gente de Ramiro.
El hombre era alto e imponente, de facciones profundas y marcadas, extremadamente apuesto. Parecía tener apenas unos treinta y tantos años. Su sola presencia irradiaba una autoridad que intimidaba a todos.

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