¡Si hubiera sido un hombre!
Hubiera sobrado de qué forma detenerlo a golpes si hacía falta, pero, al tratarse de una mujer... ¡no podía cargarla, no podía jalonearla!
Violeta seguramente notó que Daniel era muy respetuoso de su espacio personal, y por eso hizo y deshizo a su antojo.
Renato sudaba frío por la angustia.
Sin embargo, llegó un paso tarde.
Al alcanzar la sala de operaciones, no había rastro de Violeta afuera... ¡Ya la habían metido!
Cuando Daniel vio que no estaba en los pasillos, el corazón le dio un vuelco.
—¡No manches! ¿No que el doctor dijo que todavía faltaba una hora para su turno?
Justo porque le dijeron que le quedaba una hora, Daniel había bombardeado a Renato con llamadas como un desesperado.
Incluso, temiendo que su amigo se perdiera, ¡bajó personalmente a la entrada a buscarlo!
Entre ir y venir apenas habían pasado unos treinta minutos. ¿Cómo era posible que ya no estuviera?
El corazón de Renato latía a mil por hora, su cordura estaba colgando de un hilo.
¡Ya no estaba dispuesto a esperar ni un maldito segundo!
Finalmente, ante la mirada atónita de Daniel, Renato le acomodó una patada a la puerta del quirófano y la abrió de par en par.
—¡Oye, espérate...!
¡Pum! El estruendo resonó por todo el pasillo cuando las puertas dobles cedieron ante el golpe.
Daniel se asustó tanto que corrió a sujetarlo.
—¡Renato, te volviste loco! ¡Es un hospital, estás en la zona de quirófanos!
Por mucho berrinche que trajera, no podía armar su desmadre en un lugar así.
Además, en la vida había visto a Renato tan fúrico; era un volcán en erupción que nadie podía apagar.
Renato se lo quitó de encima de un manotazo, sin darle chance de seguir sermoneándolo.
Y se metió directo.
Daniel no tuvo de otra más que correr detrás de él.
Un doctor intentó bloquearle el paso, pero la mirada de Renato era aterradora.
—¿En dónde tienen a Violeta? —bramó.
—¡Señor, le pido que salga inmediatamente, esto es un quirófano!
—¡Te estoy preguntando que dónde está Violeta! ¡O me dices, o les rompo toda esta madre!
Daniel se quedó sin palabras.
Había perdido la razón, de verdad la había perdido.
Cuando veía las locuras de Alonso por Estrella, pensaba que Renato era el más centrado del grupo.
Hasta juraba que un comportamiento así de histérico jamás encajaría con él.
Pero viéndolo ahorita...


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡No te metas con la Cenicienta!