Se había equivocado, y mucho.
Increíblemente llegó a pensar que Renato era el más razonable y tranquilo en comparación con Marcelo, Daniel y Alonso.
Pero ahora que lo pensaba bien...
¿Quién de ese grupito de amigos no tenía sus métodos despiadados?
Solo dejaban ver lo que ellos querían que vieras.
Igual que lo que Marcelo le mostró a Estrella, Renato... le había mostrado solo una faceta a ella.
Al no obtener respuesta del otro lado, Renato no pudo contener más la rabia:
—¿Te comió la lengua el ratón?
—En la cafetería que está frente a Laguna Dorada —respondió Violeta.
Renato ya iba en camino a la casa de ella, pues sabía que lo más probable era que se escondiera ahí para evitarlo.
Y no se equivocaba...
Dio la vuelta en U y se dirigió directamente hacia Laguna Dorada.
La realidad era que Violeta sí estaba en casa, pero simplemente no quería verse con Renato a solas en un lugar privado.
Media hora después.
Ambos se encontraron en la cafetería. Renato había llegado un poco antes que ella.
Violeta se sentó frente a él sin titubear.
—Te pedí agua de limón —comentó Renato.
Conocía bien sus gustos, pero en su estado actual, tomar café no era para nada recomendable.
Violeta lo ignoró por completo y volteó a ver al mesero.
—Un americano, por favor.
—En seguida.
Al escuchar que iba a tomar café, Renato puso mala cara.
—Con la situación en la que estás, ¿y todavía tomas café?
¿Acaso no le caía el veinte de que estaba embarazada?
—Ni siquiera planeo tenerlo, ¿qué sentido tiene cuidarme con la comida? —respondió Violeta.
Y era la pura verdad.
Desde que se enteró de la noticia, nunca pensó en conservarlo.
Ese embarazo solo era un accidente para ella.
—¿Qué pasa?
—Sobre lo de Adara —habló Palmira—, ¿tú vas a dar la cara o lo hará Violeta?
El altavoz no estaba encendido.
Pero no había nadie más en la cafetería, y en medio de tanto silencio, Violeta escuchó clarito lo que decía la mujer al otro lado de la línea.
Al darse cuenta de que exigía cuentas por lo de Adara, Violeta miró a Renato con una mueca de burla.
A Renato no le gustó nada esa mirada y frunció el ceño.
—¿A qué te refieres? —preguntó Renato.
—Si tú das la cara, entonces te casas con Adara y dejaré de perseguir a esa tal Pizarro. Si es ella quien responde, ¡ya sabrás el precio que le haré pagar!
Palabra por palabra, la voz de Palmira destilaba el autoritarismo de quien tiene el poder.
Esa sensación de amenaza, aun sin estar cara a cara, se sentía asfixiante.
—¿Me estás amenazando? —soltó Renato.
—Solo te digo lo que quiero, y tú...
Palmira no terminó la frase y colgó de golpe.
Renato escuchó el tono de llamada finalizada, desprendiendo una furia incontenible.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: ¡No te metas con la Cenicienta!
Está interesante la novela pero no sé qué pasa al estar en el capítulo 884 y adquirir monedas no está funcionando solo muestra el mensaje error qué pasa...