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Quiere Mi Corazón, Me Caso con Ciego Rico romance Capítulo 108

Rosalía Figueroa llevaba en la sangre el deseo de codearse con gente adinerada y poderosa.

Sabiendo que el heredero de San Cristóbal estaba loco por ella, ¿cómo no iba a apresurarse a regresar para atraparlo?

Valeria deseaba con todas sus fuerzas que Rosalía apareciera cuanto antes y mantuviera ocupado a ese desastre con patas que era Mauricio Guzmán.

A las seis en punto de la tarde, el mensaje del desastre llegó sin falta.

Por primera vez en su vida, a Valeria le pareció que las horas de trabajo habían volado. ¿Cómo era posible que ya fuera de noche si apenas hace un rato era mediodía?

Sin embargo, las cosas no siempre salían como uno deseaba y ella no estaba en posición de negarse.

Cuando manejó hasta el restaurante, el cielo ya estaba completamente oscuro.

El edificio era uno de los rascacielos más impresionantes de todo San Cristóbal; contaba con ochenta y ocho pisos. El restaurante en la última planta, famoso por su elegancia y romanticismo, era tan exclusivo que ni con dinero era fácil conseguir una reservación.

Valeria se detuvo en la entrada y levantó la mirada. El imponente edificio se perdía entre las nubes y proyectaba una sensación gélida y opresiva.

—Vale.

La voz suave del hombre la sacó de sus pensamientos. Al voltear, vio a Mauricio, quien había aparecido sin que ella se diera cuenta. Comparado con la bata blanca que llevaba esa tarde, el traje que vestía ahora le otorgaba un aire mucho más estricto y de hombre de negocios.

—¿Por qué no me avisaste que ya estabas aquí para bajar a recibirte?

—¿Acaso no estás aquí ahora?

Valeria le dedicó una mirada fría y, sin cambiar su expresión de indiferencia, pasó a su lado y entró al edificio.

El rostro de Mauricio se ensombreció un poco, pero con un par de zancadas la alcanzó rápidamente.

—Conozco al chef principal de este lugar desde hace años; puedes pedirle que te prepare lo que quieras.

Valeria emitió un murmullo ausente y no continuó la conversación.

Entraron al elevador.

Era un ascensor panorámico de cristal. Mientras subían, podían contemplar sin problemas la vista de la ciudad; su velocidad aumentaba tanto que daba la vertiginosa sensación de ir rumbo al cielo.

Por fin llegaron.

Mauricio sostuvo la puerta del ascensor para que Valeria saliera primero.

Seguramente él había cerrado el lugar solo para ellos, pues no había ni un solo comensal en todo el restaurante. Un violinista interpretaba una suave melodía, creando un ambiente íntimo y romántico.

Estaban en la mejor mesa, desde la cual se podía apreciar toda la ciudad de San Cristóbal. Mauricio le corrió la silla con caballerosidad y esperó a que se sentara antes de acomodarse al otro lado.

Valeria miraba a través del ventanal. La luz de las velas bañaba la mitad de su rostro, dejando la otra en sombras, un contraste que dotaba a sus delicadas facciones de una belleza enigmática y perfecta.

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