Valeria observó la mirada gélida del hombre y apretó disimuladamente las manos que descansaban sobre la mesa.
Había pasado tres años corriendo tras él, pero nunca le había tocado ver ese lado suyo tan dominante, tan testarudo e implacable.
Sin embargo, era obvio que ese era el verdadero Mauricio.
—Soy todo oídos.
Lo miró fijamente a los ojos.
—¿Qué motivos podría tener el Señor Guzmán para andar diciendo mentiras?
Mauricio se recostó en la silla con actitud relajada. Esa seguridad en sí mismo, casi innata, era más que suficiente para intimidar a cualquiera. Incluso en esa situación, aún se negaba a creer que Valeria se marcharía definitivamente de su lado.
—Estás en lo cierto. Volverme médico fue por Rosalía y, al principio, me acerqué a ti por la misma razón.
Valeria asintió.
—Eso suena muy honesto. ¿Qué más?
—En cuanto a mi familia... nunca creí que a ti te importara mi verdadera identidad.
—Es verdad, no me importaba —Valeria fue franca—. Cuando estábamos juntos, para mí eras solo un médico común y corriente.
Aunque la familia Figueroa no pertenecía a la crema y nata de la alta sociedad, un doctor que ganaba un sueldo promedio nunca habría podido acercarse a ellos.
—Pero que no me importara tu estatus no te da derecho a mentirme, mucho menos cuando todas tus acciones estaban motivadas... por ayudar a Rosalía. ¿Qué tan miserable crees que soy como para hacer borrón y cuenta nueva y seguir a tu lado como si nada?
Mauricio se quedó callado unos segundos.
En sus ojos asomó finalmente una pizca de arrepentimiento.
—Puedo disculparme.
—Si pedir perdón resolviera los problemas, ¿para qué existiría la policía?
La voz de Valeria era muy calmada.
—Mauricio, la verdad es que ya no quiero nada contigo. Has hecho muchísimas cosas por Rosalía Figueroa, está claro que de verdad te encanta, así que ve y quédate con ella.
—Es imposible.
Mauricio soltó esa respuesta casi al instante.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: Quiere Mi Corazón, Me Caso con Ciego Rico