En primer lugar, esto significaba que, por poco, estaba dispuesto a pasarlo por alto.
En segundo lugar...
Él sabía que haberlo llevado al hospital hoy había sido intencional de su parte.
El rostro de Valeria palideció ligeramente, pero mantuvo la sonrisa y preguntó:
—¿Y si hay una próxima vez, qué piensa hacer el señor Silva?
Aunque ella seguía en su regazo, la distancia que el hombre proyectaba era tan vasta como si hubiera trazado una línea divisoria inquebrantable entre los dos.
Su mirada era arrogante y superior.
—Te arrepentirás de haber nacido.
—...Oh.
Valeria se puso de pie, con las pestañas temblando constantemente sobre sus ojos caídos.
Justo cuando Alejandro pensó que se iría, ella, con un movimiento rápido y decidido, le levantó la barbilla y le plantó un fuerte beso.
—Que pase lo que tenga que pasar. Pero fuiste tú quien quiso casarse conmigo, Alejandro. Somos marido y mujer, juntos en la vida y en la muerte. Ya no puedes deshacerte de mí.
Mucho tiempo después, Alejandro aún recordaría los momentos en los que ella había acelerado su corazón.
Una vez, cuando su visión apenas comenzaba a aclararse y ella apareció como caída del cielo, dueña de una belleza embriagadora, recostada en su cama.
La otra vez...
Fue exactamente en ese momento.
Cuando ella, sosteniendo su rostro, le dijo: "Somos marido y mujer, juntos en la vida y en la muerte. Ya no puedes deshacerte de mí".
La respiración de Alejandro se volvió errática por un instante, y un breve pero intenso calor se extendió por su estómago. Él la apartó bruscamente y dijo con voz ronca:
—Visto así, parece que todo es por culpa de Mauricio.
—¿Estás celoso?
—Creo haberte dicho que odio los problemas.
—Tampoco es para tanto.
—... —Él no respondió.
Valeria hizo un puchero.
—Yo también te ayudé a quitarte de encima a Aitana Garza. Esa es una de las obligaciones entre marido y mujer, señor Silva. No deberías ser tan mezquino.
¡Lo había utilizado y ahora lo llamaba mezquino!
Esta mujer tenía un talento increíble para voltear las cosas a su favor.
Alejandro soltó una carcajada irónica, sin intenciones de seguir discutiendo.
Incluso un monje ocultaba deseos salvajes en lo más profundo de su ser; era la naturaleza humana.
A las ocho de la noche, Luisa ya se había ido a su casa. La villa quedó en completo silencio, sin un solo ruido.
Valeria dio vueltas en su cama durante un largo rato, hasta que finalmente, abrazando a su oso de peluche, tocó la puerta de la habitación principal.
—Hola.
Ella le dedicó una sonrisa resplandeciente.
—¿El señor Silva necesita a alguien que le caliente la cama?
Alejandro, que estaba reclinado en la cama, levantó un poco la vista y la miró de reojo.
—Si tienes algo que decir, dilo; si no, vete.
—Sí tengo.
Valeria entró sin esperar invitación y cerró la puerta.
—Mi cama está muy dura y quiero dormir en la tuya.
Alejandro presionó la lengua contra el interior de su mejilla.
—¿Quieres dormir en mi cama o quieres dormir sobre mí?

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